En Español - Nuestra Señora de Guadalupe

Feast of Our Lady of Guadalupe - December 12th

Publish date: Wednesday, December 11, 2019

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Homily of His Holiness Pope Francis on the Feast of Our Lady of Guadalupe

Vatican Basilica
Friday, 12 December 2014

On this Feast of Our Lady of Guadalupe, let us first of all gratefully remember her visit and maternal closeness; let us sing her Magnificat with Her, and let us entrust the life of our peoples and the continental mission of the Church to her.

When she appeared to St Juan Diego on the Hill of Tepeyac, she presented herself as the “ever perfect Holy Virgin Mary, Mother of the true God” (Nican Mopohua); and so made a new “visitation”. She also hastened attentively to embrace the new American peoples, at their dramatic birth. It was as though a “great portent appeared in heaven, a woman clothed with the sun, with the moon under her feet” (Rev 12:1), taking upon herself the cultural and religious symbolism of the indigenous peoples, she proclaimed and gave her Son to all these new peoples lacerated by their mixed origin.

So many jumped for joy and hope at her visit and at the gift of her Son, and the perfect disciple of the Lord became the “great missionary who brought the Gospel to our Americas” (cf. Aparecida Document, n. 269). The Son of Mary Most Holy, Immaculate Conception, has thus revealed Himself from the beginning of the history of the new peoples as “the most true God, giver of life”, the Good News of the filial dignity of all the inhabitants of the Americas. Now, no one is only a servant, but we all are children of one and the same Father, brothers among us and servants in the Servant.

The Holy Mother of God visited these peoples and has wished to remain with them. She mysteriously left her sacred image imprinted on the tilma [cloak] of her messenger so we would feel her constant presence, thereby becoming a symbol of Mary’s covenant with these peoples, to whom she imparts her soul and tenderness. Through her intercession, the Christian faith began to grow into the most precious treasure of the soul of the American peoples, whose pearl of great value is Jesus Christ: a patrimony that has been passed on and is manifest still today in the baptism of multitudes of people, in the faith, in hope and charity of many, in the preciosity of popular piety and also in the American ethos which is shown in the awareness of human dignity, in the passion for justice, in solidarity with the poorest and the suffering, in the hope, at times, against all hope.

God, in his way, “has hidden these things from the wise and understanding and revealed them to the lowly and humble, to the lowly in heart” (cf. Mt 11:25). In the wonders that the Lord has fulfilled in Mary, She recognizes her Son’s manner and mode of conduct in salvation history. Overturning worldly judgments, destroying at all costs the idols of power, wealth and success, denouncing self-sufficiency, arrogance and secular messianism which distance people from God, the Marian Canticle professes that God takes pleasure in overturning ideologies and worldly hierarchies. He lifts up the humble, comes to the aid of the poor and the lowly, fills with goodness, with blessings and hope those who trust in his mercy from generation to generation, while He puts down from their thrones the wealthy, the powerful and the overbearing.


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Nuestra Señora de Guadalupe

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HOMILÍA DEL SANTO PADRE FRANCISCO EN LA FESTIVIDAD DE NUESTRA SEÑORA DE GUADALUPE 

Basílica Vaticana
Viernes 12 de diciembre de 2014

En esta festividad de Nuestra Señora de Guadalupe, hacemos en primer lugar memoria agradecida de su visitación y cercanía materna; cantamos con Ella su Magnificat; y le confiamos la vida de nuestros pueblos y la misión continental de la Iglesia.

Cuando se apareció a San Juan Diego en el Tepeyac, se presentó como “la perfecta siempre Virgen Santa María, Madre del verdadero Dios” (Nican Mopohua); y dio lugar a una nueva visitación. Corrió premurosa a abrazar también a los nuevos pueblos americanos, en dramática gestación. Fue como una «gran señal aparecida en el cielo … mujer vestida de sol, con la luna bajo sus pies» (Ap 12,1), que asume en sí la simbología cultural y religiosa de los pueblos originarios, anuncia y dona a su Hijo a todos esos otros nuevos pueblos de mestizaje desgarrado.

Tantos saltaron de gozo y esperanza ante su visita y ante el don de su Hijo y la más perfecta discípula del Señor se convirtió en la «gran misionera que trajo el Evangelio a nuestra América» (Aparecida, 269). El Hijo de María Santísima, Inmaculada encinta, se revela así desde los orígenes de la historia de los nuevos pueblos como “el verdaderísimo Dios por quien se vive”, buena nueva de la dignidad filial de todos sus habitantes. Ya nadie más es solamente siervo sino todos somos hijos de un mismo Padre hermanos entre nosotros, y siervos en el siervo.

La Santa Madre de Dios visitó a estos pueblos y quiso quedarse con ellos. Dejó estampada misteriosamente su imagen en la “tilma” de su mensajero para que la tuviéramos bien presente, convirtiéndose en símbolo de la alianza de María con estas gentes, a quienes confiere alma y ternura. Por su intercesión, la fe cristiana fue convirtiéndose en el más rico tesoro del alma de los pueblos americanos, cuya perla preciosa es Jesucristo: un patrimonio que se transmite y manifiesta hasta hoy en el bautismo de multitudes de personas, en la fe, esperanza y caridad de muchos, en la preciosidad de la piedad popular y también en ese ethos americano que se muestra en la conciencia de dignidad de la persona humana, en la pasión por la justicia, en la solidaridad con los más pobres y sufrientes, en la esperanza a veces contra toda esperanza.

Dios, según su estilo, “ha ocultado estas cosas a sabios y entendidos, dándolas a conocer a los pequeños, a los humildes, a los sencillos de corazón” (cf. Mt 11,21). En las maravillas que ha realizado el Señor en María, Ella reconoce el estilo y modo de actuar de su Hijo en la historia de salvación. Trastocando los juicios mundanos, destruyendo los ídolos del poder, de la riqueza, del éxito a todo precio, denunciando la autosuficiencia, la soberbia y los mesianismos secularizados que alejan de Dios, el cántico mariano confiesa que Dios se complace en subvertir las ideologías y jerarquías mundanas. Enaltece a los humildes, viene en auxilio de los pobres y pequeños, colma de bienes, bendiciones y esperanzas a los que confían en su misericordia de generación en generación, mientras derriba de sus tronos a los ricos, potentes y dominadores.

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