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6/6/2014


¡Ven Espíritu Santo!

La venida del Espíritu Santo el día de Pentecostés corona el Plan de Salvación de Dios y conmemora el nacimiento del nuevo pueblo de Dios, la Iglesia.

¡Veni, Sancte Spiritus! Ven Espíritu Santo, llena los corazones de tus fieles y enciende en ellos el fuego de tu amor. La venida del Espíritu Santo en Pentecostés corona el Plan de Salvación de Dios y conmemora el nacimiento del nuevo pueblo de Dios, la Iglesia.

Un gran número de judíos devotos se habían dado cita en Jerusalén, según lo requerido por la costumbre, para celebrar la Fiesta de las Semanas, también llamada Shavout o Pentecostés. Esta fiesta, celebrada cincuenta días después de Pascua, conmemora el momento en el que el pueblo de Israel recibió los Diez Mandamientos después de haber experimentado la acción salvadora de Dios al liberarlos de la esclavitud en Egipto.

El Papa Francisco nos dio una vívida descripción en su Homilía de Pentecostés del año pasado:

“Pero, ¿qué sucedió en aquel día tan lejano a nosotros, y sin embargo, tan cercano, que llega hasta lo más profundo de nuestro corazón? San Lucas nos da la respuesta en el texto de los Hechos de los Apóstoles que hemos escuchado (2,1-11). El evangelista nos lleva hasta Jerusalén, al Cenáculo donde se encuentran reunidos los Apóstoles. El primer elemento que llama nuestra atención es el estruendo que llega de repente del cielo, ‘como una fuerte ráfaga de viento’, y que llenó toda la casa; luego, las ‘lenguas como de fuego,’ que se dividían y se posaban encima de cada uno de los Apóstoles. Estruendo y lenguas de fuego son signos claros y concretos que tocan a los Apóstoles, no sólo exteriormente, sino también interiormente: en su mente y en su corazón. Como consecuencia, ‘todos quedaron llenos del Espíritu Santo’, que desencadenó su fuerza irresistible, con resultados sorprendentes: ‘Comenzaron a hablar en distintas lenguas, según el Espíritu les permitía expresarse’. Presenciamos, entonces, una situación totalmente sorprendente: una gran multitud que se congrega y queda admirada porque cada uno de ellos oye hablar a los Apóstoles en su propia lengua. Todos experimentan algo nuevo, que nunca antes había sucedido: ‘Los oímos hablar en nuestra lengua nativa.’ ¿Y de qué hablaban? ‘De las maravillas de Dios.’”

El mismo Espíritu que se movía sobre las aguas “en el principio,” el mismo aliento de vida con el que Dios animó su creación, el mismo Espíritu que acompañó al pueblo de Israel durante su travesía en el desierto, el mismo Espíritu que habló por los Profetas, el mismo Espíritu que descendió sobre María al concebir en su seno el Hijo de Dios, estaba ahora inaugurando la nueva creación de Dios y su nueva alianza a través de su Hijo Jesucristo.