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7/3/2014


Homilía del Obispo Kevin Farrell en la Misa Solemne en Honor de Josemaría Escrivá

San Josemaría nos diría que oremos, sí, pero que hagamos con la intención correcta lo que debemos hacer día tras día.

El Obispo Kevin J. Farrell celebró una Misa Solemne en honor de Josemaría Escrivá el 28 de Junio en la parroquia Christ the King. La fiesta litúrgica de San Josemaría, sacerdote fundador del Opus Dei, es celebrada el 26 de Junio. El Reverendisímo Vicario de la Prelatura del Opus Dei en Texas, y los dos sacerdotes del Opus Dei en Dallas (Rev. Jack Solarski y Rev. Joseph Thomas) concelebraron la Misa a la cual asistieron cientos de fieles de la Diócesis.

A continuación se encuentra la homilía predicada por el Obispo Farrell durante la Misa.


Mis queridos hermanos sacerdotes y mis queridos amigos en Cristo Jesús:

     Lo primero que quiero expresarles es mi sincero agradecimiento por invitarme a celebrar con ustedes esta Misa en honor de San Josemaría Escrivá.  Él fue un hombre humilde, un sacerdote humilde, de un pequeño pueblo al norte de España, quien tuvo una enorme influencia en el mundo — y continua teniendo la misma influencia en las vidas de tantas personas alrededor del mundo.  Su vida y enseñanzas fue lo que ayudó a que la Iglesia comprendiera de tantas maneras la profundidad de las consecuencias del Sacramento del Bautismo.  Fue también su vida y sus enseñanzas lo que ayudó a entender al Concilio Vaticano II — y a todos los Cristianos y todos los Católicos a entender — el llamado universal a la santidad: Que todos hemos sido creados a imagen y semejanza de Dios y todos tenemos un papel que desempeñar en la redención de nuestro mundo.  También fue él quien ayudó a que la Iglesia entendiera su posición en el mundo moderno.  Y es así, que llenos de júbilo, venimos ante Nuestro Señor Jesucristo en esta ocasión, y nos preparamos para celebrar y honrar y pedirle su intercesión a través de este gran Santo quien, más que nadie, influenció nuestro mundo en el Siglo Veinte.

     Nuestra primera lectura de la Misa de hoy fue tomada del libro del Génesis.  Ahí, como usted recordará, Dios crea el mundo.  Dios crea al hombre y contempla toda su creación y dice, "Esto es bueno — todo lo que veo es bueno," y coloca al Hombre en ese jardín en ese mundo y le dice, "Tu estas a cargo; Tienes que cultivar mi jardín."  Esa es la misión que sigue teniendo, cada uno de nosotros, como miembros de la raza humana.  Dios nos da el mundo y nosotros somos quienes tienen que cuidar de él.  Tanto amó Dios al mundo que él nos ha llamado a cuidar de él.  Sin embargo, nos preguntamos, "Mira todo el mal y la confusión que existe en el mundo."  Dios no fue quien hizo eso.  Fuimos nosotros.  Fuimos nosotros — cada uno de nosotros — quién trajo el mal al mundo.  El mal que existe en el mundo actual es nuestra causa, nuestra creación.  Sin embargo, Nuestro Padre Celestial contemplando el mundo ve  este estado de confusión y dice, "Oye, amo tanto ese mundo que ahora voy a mandar a mi único Hijo, Jesucristo, para redimir al hombre y, por lo tanto, redimir al mundo."  Eso es lo que Dios ha hecho por cada uno de nosotros.

     Luego escuchamos la lectura del Evangelio y en el Evangelio tenemos una vez más la  historia de Jesús a la orilla del lago, quien sube a la barca de Pedro y le dice: «Navega mar adentro, y echen las redes.» Y Pedro, siendo un pescador experimentado, probablemente miró a Jesús (quien era probable unos veinte años más joven que él) y pensó, « ¡Si cómo no! Hemos estado pescado toda la noche y no hemos sacado nada ¿y ahora nos estas diciendo que volvamos a tirar las redes otra vez?»  Y Pedro, todos conocen la historia, tira las redes y atrapa los peces.  Pero el punto importante en toda esa historia es que Pedro cae de rodillas y dice: «Soy un pecador— ¿qué haces aquí en este barco conmigo?"  Y Jesús lo mira y dice, "Oye, eso ya lo sé, sin embargo, de ahora en adelante serás un pescador de hombres."  Creo que en algún momento en la vida de San Josemaría la gracia de Dios le inspiró con un gran entendimiento de estos pasajes de las Sagradas Escrituras.  El comprendió que el mundo era bueno — que Dios dijo que todo lo que él creó era bueno.  Puede ser que este un poco desviado de su objetivo, pero hemos sido colocados ahí para redimirlo.  Y Dios viene de la misma manera en la que entró en el barco de ese pescador.  Él subió al barco y le dijo: "Oigan, quiero que ustedes sean los que me sigan — quiero que ustedes cambien el mundo — y por lo tanto les pido que lo hagan."  Para San Josemaría Escrivá eso constituye el "porqué" y el "cómo" de la vocación Cristiana.  Estos dos pasajes nos permiten entender nuestra misión en el mundo actual.

     Ayer estaba pensando, ¿qué nos diría San Josemaría nos diría si estuviera aquí frente a nosotros esta mañana?  Bueno, creo que lo primero que nos diría que hicieramos es orar.  Porque eso es lo que el Señor Jesucristo nos dijo que hiciéramos.  Oren siempre.  Orar frecuentemente.  En los escritos de San Josemaría — si alguna vez los leen —encontramos algo acerca de la oración cada segunda línea.  De eso es lo que se trata todo: Oración.  El poder de la oración esta en nuestro mundo actual.  Yo no puedo sino pensar en todos los líderes del mundo que durante los últimos treinta años han tratado de conseguir que el Presidente de Israel y el Presidente de Palestina se sienten juntos y hablen — y sin embargo un pequeño y humilde sacerdote de Argentina (quien probablemente nunca había visitado antes la Tierra Santa) es capaz de convencer a estos dos hombres en cuestión de horas de ir y rezar de rodillas en su propia costumbre por la paz en el medio oriente.  El ejemplo de la oración y el poder de la oración en nuestro mundo.  También nosotros necesitamos aprender esto en nuestras propias vidas personales: Que la oración es una parte integral de nuestra vida.  No es algo que sólo hacemos durante quince minutos en la mañana y quince minutos en la tarde.  Es algo que hacemos continuamente.  Ofrecemos nuestras palabras y acciones a Dios.  A menudo pienso — normalmente, tengo que confesar, demasiado tarde—cuántas cosas digo en la autopista de peaje todas las noches, mientras trato de llegar a casa.  (Normalmente cuando voy saliendo de la autopista de peaje me doy cuenta de que debería haber estado orando o diciendo algo agradable).  Con qué frecuencia le sucede a cada uno de nosotros.  Lo poco que realmente oramos en nuestro mundo y lo importante que resulta reflexionar y pensar en ello.  Así que, lo primero que nos decía es que tenemos que vivir una vida de oración y una vida dedicada a la santidad a través de los sacramentos, especialmente el Sacramento de la Reconciliación y el Sacramento de la Sagrada Eucaristía.  La oración — el poder de la oración.  La oración puede cambiar el mundo.  Pero, probablemente si el Santo estuviera aquí frente al altar le diríamos: "Sí, pero tú nunca has tenido que vivir en el mundo en que nosotros tenemos que vivir."  La cultura de nuestro mundo moderno muchas veces está en conflicto con los valores del Evangelio.  Vivimos en un mundo que no tiene tiempo para Dios — en un mundo al que no le importa Dios.  Vivimos en un mundo en el que el individuo, el deseo del individuo y los derechos del individuo, son los que toman la posición suprema en todo sin referencia alguna a cualquier ley, orden o moralidad objetiva.

     Esto se convierte en lo que creemos que está bien y lo qué está mal.  Tú, San Josemaría, no tuviste que vivir en ese mundo.  Sin embargo, estoy seguro el buen Santo probablemente sonreiría y pensaría para sí: "están locos, no tienen la menor idea de lo que yo pasé."  (Aunque probablemente no lo diría, el probablemente lo pensaría en su corazón y en su mente.)  Aquellos tiempos su cabeza tuvo un precio y cada vez que salía a llevar los sacramentos a las personas sabía que esa podía ser la última puerta a la que tocaba o la última misa que celebraba.  Pero él no diría nada de eso.  Él nos recordaría el Evangelio de la Misa de hoy. Él nos recordaría que Jesus se subió a la barca del pescador.  Y, nos diría: "¿Qué les parece si oramos por ello por un momento?  Eso es lo que quiero que hagan.”  Probablemente nos diría que la tentación más grande que tenemos en nuestro mundo actual es pensar que todo está perdido.  Perdemos la confianza.  Perdemos la esperanza en Dios y perdemos la confianza en la gracia de Dios.

     Que ese es el mayor desafío para nosotros—que perdemos la esperanza.  Él nos miraría, a cada uno de nosotros, y nos diría, "¿De qué hablan?"  Piensen en la cultura actual comparada con la cultura cuando Jesús caminaba alrededor de Palestina.  ¿Qué piensan del corrompido Imperio Romano en el que Pedro, Pablo, Santiago y Juan — y todos los apóstoles — debían predicar?  ¿Alguna vez han orado pensado en Pablo dirigiéndose hacia la Plaza de Atenas para instruir a los intelectuales?  Cómo se reían de él y le decían: "Esta bien, te escucharemos otro día... ya sabes, hoy estamos ocupados."  Hablamos de nuestra cultura y estamos muy preocupados por lo difícil que es.  Creo que el Santo nos diría: "Oye, consíguete una vida."  No es tan difícil.  No es peor que en cualquier otro momento en el mundo y en la historia de la humanidad.  Podemos pensar que es el peor de todos los tiempos.  Pero, probablemente no es tan malo a los ojos de Dios.

     Entonces lo qué nos diría es que Dios nos ha elegido a cada uno de nosotros para que hagamos nuestra pequeña parte en nuestro pequeño mundo y nuestra profesión.  ¡Él no te ha llamado a ser  un misionero en las Filipinas, en el África Central , en Asia o en cualquier otro lugar!  Él te ha llamado a vivir una vocación Cristiana aquí en esta calle, en este camino, en esta profesión particular haciendo lo que haces todos los días — ya sea yendo al supermercado o peleando con el Presidente de los Estados Unidos acerca de alguna póliza complicada en referencia a la economía o a lo que sea.  Sin importar lo que haces en la vida, eso es lo que Dios nos ha llamado a hacer y ahí es donde debemos poner nuestro granito de arena para la edificación del Reino de Dios y para la restauración del orden en nuestro mundo actual.  Estamos llamados a transformar el mundo, y eso, mi querido pueblo, es la misión a la que hemos sido llamados.  Puede ser una misión formidable, puede ser extremadamente difícil.  Los desafíos son enormes, sin embargo, sabemos que con la oración y la gracia de Dios podemos hacerlo.  Tenemos que cambiar las mentes y los corazones de cada individuo con el que tenemos contacto para que también ellos conozcan la grandeza del amor de Dios en sus vidas y también pueden llevar vidas productivas en el orden de Dios.  Eso es lo que estamos llamados a hacer.  Es nuestra pequeña misión.  Dejemos de pensar por un momento que hemos sido llamados para cambiar todo el universo.  No, hemos sido llamados para cambiar una pequeña parte del universo — y es ahí donde tenemos que ejercer nuestra misión y nuestra vocación.

     Creo que San Josemaría nos está escuchando hoy.  Creo que está exhortándonos y diciéndonos, "Sí, estás haciendo un buen trabajo, pero necesitas hacer un esfuerzo extra."  Y que, mi querido pueblo, ese sería mi mensaje para ustedes el día de hoy: Tenemos que seguir siendo testigos del poder de Dios en el mundo en el que tú y yo tenemos que operar y vivir día con día.  Esa es la grandeza de nuestra misión; esa es la grandeza de la vocación que Dios nos ha dado a cada uno de nosotros.  Tenemos que dar testimonio de Dios en lo que decimos y en lo que hacemos.  Si trabajamos en el campo del derecho (lo cual nos obliga a hacer todo lo posible para que la ley de Dios sea respetada en las leyes de nuestra comunidad y en las leyes de nuestra nación).  Tenemos que hacer todo lo posible (no importa cuál sea nuestra profesión) para garantizar que la dignidad de la persona humana sea respetada en cada momento y en cada giro y vuelta.  Ya sea que se trate de un niño en el vientre de su madre o un niño de doce años de edad luchando por atravesar el desierto de Arizona, o luchando por cruzar el río Grande — enfermo, con ropas andrajosas sobre sus espaldas.  Sin embargo, un niño es creado a imagen y semejanza de Dios.  Nuestra sociedad, nuestro mundo necesita respetar esos dos principios fundamentales: Hemos sido creados a imagen y semejanza de Dios y nuestro amor por Dios se expresa (como lo dijo Jesús, no hay mandamiento mayor) cuando amamos al prójimo.

     Así que, mis queridos hermanos, San Josemaría nos diría que oremos, sí, pero que hagamos con la intención correcta lo que debemos hacer día tras día.  Cambiamos el mundo un paso a la vez — una pieza a la vez — y todos estamos llamados a colaborar en esta misión de devolver al mundo la grandeza y el orden que tenía en el libro del Génesis cuando Dios lo contempló y vio que todo era bueno.  Y ahora nos ha puesto a cargo de garantizar esa bondad — de que esa grandeza continúe.

 

 Comentarios Finales del Obispo Kevin Farrell:

     Antes de la bendición final quiero agregar mis propias palabras de agradecimiento y reconocimiento a todos ustedes por todo lo que hacen día con día para ser un ejemplo en nuestra comunidad—nuestra sociedad—de cómo debemos vivir nuestra Fe Católica.  Lo que nuestro mundo necesita hoy en día son cada vez más testigos de la Fe de Jesucristo.  No es una cuestión de predicar más; se trata de vivir más de acuerdo a los valores y los principios que Jesucristo nos enseñó en el Evangelio.  Así que, agradezco a todos de una manera muy especial.  Agradezco a los sacerdotes de la Prelatura por todo el trabajo que hacen aquí en la Diócesis.  Es muy importante y muy apreciado todo lo que hacen día tras día para seguir estableciendo el Reino de Dios aquí en nuestra comunidad.