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Pope Francis: Papal visit to St. Patrick's Church and Catholic Charities

Publish date: Thursday, September 24, 2015
En Español

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Dear Friends,

The first word I wish to say to you is “Thank you”. Thank you for welcoming me and for your efforts to make this meeting possible.

Here I think of a person whom I love, someone who is, and has been, very important throughout my life. He has been a support and an inspiration. He is the one I go to whenever I am “in a fix”. You make me think of Saint Joseph. Your faces remind me of his.

Joseph had to face some difficult situations in his life. One of them was the time when Mary was about to give birth, to have Jesus. The Bible tells us that, “while they were [in Bethlehem], the time came for her to deliver her child. And she gave birth to her firstborn son and wrapped him in bands of cloth, and laid him in a manger, because there was no place for them in the inn” (Lk 2:6-7).

The Bible is very clear about this: there was no room for them. I can imagine Joseph, with his wife about to have a child, with no shelter, no home, no place to stay. The Son of God came into this world as a homeless person. The Son of God knew what it was to start life without a roof over his head.

We can imagine what Joseph must have been thinking. How is it that the Son of God has no home? Why are we homeless, why don’t we have housing? These are questions which many of you may ask daily.

Like Saint Joseph, you may ask: Why are we homeless, without a place to live? These are questions which all of us might well ask. Why do these, our brothers and sisters, have no place to live? Why are these brothers and sisters of ours homeless?

Joseph’s questions are timely even today; they accompany all those who throughout history have been, and are, homeless.

Joseph was someone who asked questions. But first and foremost, he was a man of faith. Faith gave Joseph the power to find light just at the moment when everything seemed dark. Faith sustained him amid the troubles of life. Thanks to faith, Joseph was able to press forward when everything seemed to be holding him back.

In the face of unjust and painful situations, faith brings us the light which scatters the darkness.

As it did for Joseph, faith makes us open to the quiet presence of God at every moment of our lives, in every person and in every situation. God is present in every one of you, in each one of us.

We can find no social or moral justification, no justification whatsoever, for lack of housing.

There are many unjust situations, but we know that God is suffering with us, experiencing them at our side. He does not abandon us.

We know that Jesus wanted to show solidarity with every person. He wanted everyone to experience his companionship, his help, his love. He identified with all those who suffer, who weep, who suffer any kind of injustice. He tells us this clearly: “I was hungry and you gave me food, I was thirsty and you gave me something to drink; I was a stranger and you welcomed me” (Mt 25:35).

Faith makes us know that God is at our side, that God is in our midst and his presence spurs us to charity. Charity is born of the call of a God who continues to knock on our door, the door of all people, to invite us to love, to compassion, to service of one another.

Jesus keeps knocking on our doors, the doors of our lives. He doesn’t do this by magic, with special effects, with flashing lights and fireworks. Jesus keeps knocking on our door in the faces of our brothers and sisters, in the faces of our neighbors, in the faces of those at our side.

Dear friends, one of the most effective ways we have to help is that of prayer. Prayer unites us; it makes us brothers and sisters. It opens our hearts and reminds us of a beautiful truth which we sometimes forget. In prayer, we all learn to say “Father”, “Dad”. We learn to see one another as brothers and sisters.

In prayer, there are no rich and poor people, there are sons and daughters, sisters and brothers. In prayer, there is no first or second class, there is brotherhood.

It is in prayer that our hearts find the strength not to be cold and insensitive in the face of injustice.

In prayer, God keeps calling us, opening our hearts to charity.

How good it is for us to pray together. How good it is to encounter one another in this place where we see one another as brothers and sisters, where we realize that we need one another. Today I want to be one with you. I need your support, your closeness. I would like to invite you to pray together, for one another, with one another. That way we can keep helping one another to experience the joy of knowing that Jesus is in our midst. Are you ready?

Our Father, who art in heaven...

Before leaving you, I would like to give you God’s blessing: The Lord bless you and keep you; the Lord make his face to shine upon you and be gracious to you; the Lord lift up his countenance upon you, and give you peace (Num 6:24-26).

And, please, don’t forget to pray for me.


Español

Visita del Papa Francisco a la Iglesia San Patricio y Caridade Católicas

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Queridos amigos,

Un gusto de encontrarlos. Buenos días. Van a escuchar dos predicaciones, una en castellano y otra en inglés. La primera palabra que quiero decirles es gracias. Gracias por recibirme y por el esfuerzo que han hecho para que este encuentro se realizase.

Aquí recuerdo a una persona que quiero mucho, y que es y ha sido muy importante a lo largo de mi vida. Ha sido sostén y fuente de inspiración. Es a él a quien recurro cuando estoy medio «apretado». Ustedes me recuerdan a san José. Sus rostros me hablan del suyo.

En la vida de José hubo situaciones difíciles de enfrentar. Una de ellas fue cuando María estaba para dar a luz, para tener a Jesús. Dice la Biblia: «Estaban en Belén, le llegó a María el tiempo de dar a luz. Y allí nació su hijo primogénito, y lo envolvió en pañales y lo acostó en el establo, porque no había alojamiento para ellos» (Lc 2,6-7). La Biblia es muy clara: «No había alojamiento para ellos». Me imagino a José, con su esposa a punto de tener a su hijo, sin un techo, sin casa, sin alojamiento. El Hijo de Dios entró en este mundo como uno que no tiene casa. El Hijo de Dios entró como un “homeless”. El Hijo de Dios supo lo que es comenzar la vida sin un techo. Podemos imaginar las preguntas de José en ese momento: ¿Cómo el Hijo de Dios no tiene un techo para vivir? ¿Por qué estamos sin hogar, por qué estamos sin un techo? Son preguntas que muchos de ustedes pueden hacerse a diario, y se las hacen. Al igual que José se cuestionan: ¿Por qué estamos sin un techo, sin un hogar? Y a los que tenemos techo y hogar son preguntas que nos harán bien también: ¿Por qué estos hermanos nuestros están sin hogar, por qué estos hermanos nuestros no tienen techo?

Las preguntas de José siguen presentes hoy, acompañando a todos los que a lo largo de la historia han vivido y están sin un hogar.

José era un hombre que se hizo preguntas pero, sobre todo, era un hombre de fe. Y fue la fe la que le permitió a José poder encontrar luz en ese momento que parecía todo a oscuras; fue la fe la que lo sostuvo en las dificultades de su vida. Por la fe, José supo salir adelante cuando todo parecía detenerse.

Ante situaciones injustas y dolorosas, la fe nos aporta esa luz que disipa la oscuridad. Al igual que a José, la fe nos abre la presencia silenciosa de Dios en toda vida, en toda persona, en toda situación. Él está presente en cada uno de ustedes, en cada uno de nosotros.

Quiero ser muy claro. No hay ningún motivo de justificación social, moral o del tipo que sea para aceptar la falta de alojamiento. Son situaciones injustas, pero sabemos que Dios está sufriéndolas con nosotros, está viviéndolas a nuestro lado. No nos deja solos.

Jesús no solo quiso solidarizarse con cada persona, no solo quiso que nadie sienta o viva la falta de su compañía y de su auxilio y de su amor. Él mismo se ha identificado con todos aquellos que sufren, que lloran, que padecen alguna injusticia. Él lo dice claramente: «Tuve hambre, y me dieron de comer; tuve sed, y me dieron de beber; anduve como forastero y me dieron alojamiento» (Mt 25,35).

Es la fe la que nos hace saber que Dios está con ustedes, que Dios está en medio nuestro y su presencia nos moviliza a la caridad. Esa caridad que nace de la llamada de un Dios que sigue golpeando nuestra puerta, la puerta de todos para invitarnos al amor, a la compasión, a la entrega de unos por otros.

Jesús sigue golpeando nuestras puertas, nuestra vida. No lo hace mágicamente, no lo hace con artilugios o con carteles luminosos o con fuegos artificiales. Jesús sigue golpeando nuestra puerta en el rostro del hermano, en el rostro del vecino, en el rostro del que está a nuestro lado.

Queridos amigos, uno de los modos más eficaces de ayuda que tenemos lo encontramos en la oración. La oración nos une, nos hace hermanos, nos abre el corazón y nos recuerda una verdad hermosa que a veces olvidamos. En la oración, todos aprendemos a decir Padre, papá, y cuando decimos Padre, papá, nos encontramos como hermanos. En la oración, no hay ricos o pobres, hay hijos y hermanos. En la oración no hay personas de primera o de segunda, hay fraternidad.

En la oración es donde nuestro corazón encuentra fuerza para no volverse insensible, frío ante las situaciones de injusticias. En la oración, Dios nos sigue llamando y levantando a la caridad.

Qué bien nos hace rezar juntos, qué bien nos hace encontrarnos en ese espacio donde nos miramos como hermanos y nos reconocemos los unos necesitados del apoyo de los otros. Y hoy quiero rezar con ustedes, quiero unirme a ustedes, porque necesito su apoyo y su cercanía. Quiero invitarlos a rezar juntos, los unos por los otros, los unos con los otros. Así podemos continuar con este sostén que nos ayuda a vivir la alegría que Jesús está en medio nuestro. Y que Jesús nos ayude a solucionar las injusticias que Él conoció primero. La de no tener casa. ¿Se animan a rezar juntos? Yo empiezo en castellano y ustedes siguen en inglés.

Padre nuestro que estás en el cielo…

Y antes de irme, me gustaría darles la bendición de Dios:

Que el Señor los bendiga y los proteja;
que el Señor los mire con agrado y les muestre su bondad;
que el Señor los mire con amor y les conceda su paz (Nm
6, 24-26).

Por favor, no se olviden de rezar por mí. Gracias.

 


 

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