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Jesus Forgave Sins

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The Gospels provide numerous examples of Christ’s mission to forgive sins. When a paralytic was lowered through the roof of a house and placed at his feet, Christ first forgave the man’s sins and then cured his affliction (cf. Lk 5:17-26). When a sinful woman knelt at his feet in the house of Simon the Pharisee, Jesus forgave her sins because she had “loved much,” unlike the Pharisee, who had little insight into his own sinfulness (cf. Lk 7:36-50). Christ ’s parable of the prodigal son illustrates the sublime meaning of his earthly ministry, which is to forgive sins, reconcile people to God, and lead us to true happiness (cf. Lk 15:11-32).

Jesus died on the Cross and rose from the dead to reconcile sinful people with God through the forgiveness of sins and the gift of new life with the Triune God. Even on the Cross, he forgave those who were killing him and had mercy on the repentant thief.

Only God can forgive our sins. But Jesus willed that the Church should be his instrument of forgiveness on earth. On Easter night the Risen Christ imparted to his Apostles his own power to forgive sins. He breathed on them, imparting the promised Holy Spirit, and said, “Peace be with you.” Jesus was actually filling them with peace that is rooted in friendship with God. But he did more. He shared with them his own merciful mission. He breathed on them a second time and said,

As the Father has sent me, so I send you. . . . Receive the Holy Spirit. Whose sins you forgive are forgiven them, and whose sins you retain are retained. (Jn20:21-23)

That night Jesus gave the Church the ministry of the forgiveness of sins through the Apostles (cf. CCC, no. 1461). By the Sacrament of Holy Orders, bishops and priests continue this ministry to forgive sins “in the name of the Father, and of the Son, and of the Holy Spirit.” In this Sacrament, the priest acts in the person of Christ, the Head of the Church, to reconcile the sinner to both God and the Church. “When he celebrates the Sacrament of Penance, the priest is fulfilling the ministry of the Good Shepherd who seeks the lost sheep. . . . The priest is the sign and instrument of God’s merciful love for the sinner” (CCC, no. 1465).

The Sacrament of Penance involves a conversion of our hearts to God, a confession of sins to a priest, the forgiveness of our sins, a penance to make some amends for sin, and reconciliation with God and the Church. For those who commit mortal sin after Baptism, this Sacrament is necessary for being reconciled to God and the Church.

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Source: USCCB.org


Español

Jesús perdonó los pecados

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Los  Evangelios  ofrecen numerosos ejemplos de la misión  de Cristo  de perdonar pecados. Cuando un paralítico fue descendido por el techo de una casa y puesto a sus pies, Jesús primero le perdonó los pecados y luego lo curó de su enfermedad (cf. Lc 5:17-26). Cuando una mujer pecadora se arrodilló a sus pies en la casa de Simón el Fariseo, Jesús le perdonó sus pecados porque ella había “amado mucho”, no como el fariseo, que no era consciente de su propia pecaminosidad (cf.  Lc 7:36-50). La parábola de Cristo del hijo pródigo ilustra el significado sublime de su ministerio en la tierra, el cual es perdonar los pecados, reconciliar al pueblo con Dios y llevarnos a la verdadera felicidad  (cf. Lc15:11-32).

Jesús murió en la Cruz y resucitó de entre los muertos para reconciliar con Dios al pueblo pecador  mediante  el  perdón de los pecados y el don de la nueva vida con el Dios Triuno. Incluso en la Cruz, Jesús perdonó a aquellos que lo estaban matando y tuvo misericordia del ladrón arrepentido.

Solo Dios puede perdonar nuestros  pecados.  Pero Jesús quiso que la Iglesia fuese su instrumento para perdonar en la tierra. En la noche de Pascua, Cristo resucitado impartió su propio poder de perdonar peca- dos a sus Apóstoles. Sopló sobre ellos, impartiendo el prometido Espíritu Santo, y dijo: “La Paz esté con vosotros”. Jesús estaba, de hecho, llenándolos con la paz que tiene sus raíces en la amistad con Dios. Pero hizo más. Jesús compartió con ellos su propia misión misericordiosa. Sopló sobre ellos una segunda vez y dijo:

Como el Padre me ha enviado, así también  los envío yo […] Reciban el Espíritu Santo. A los que les perdonen los pecados, les quedarán perdonados; y a los que no se los perdonen, les quedarán sin perdonar. (Jn 20:21-23)

Esa noche Jesús dio a la Iglesia el ministerio del perdón de los peca- dos a través de los Apóstoles (cf. CIC, no. 1461). Por el sacramento del Orden, los obispos y sacer- dotes continúan este ministerio de perdonar pecados “en el nombre del Padre, y del Hijo y del Espíritu Santo”.  En este sacramento,  el sacerdote actúa en la persona de Cristo, Cabeza de la Iglesia, para reconciliar al pecador tanto con Dios como con la Iglesia. “Cuando celebra el sacramento  de la Penitencia,  el sacerdote  ejerce el ministerio del Buen Pastor que busca la oveja perdida […] el sacerdote es el signo y el instrumento del amor misericordioso de Dios con el pecador” (CIC, no. 1465).

El sacramento  de la Penitencia requiere la conversión  de nuestros  corazones, la confesión  de nuestros pecados a un sacerdote, el perdón de nuestros pecados, una penitencia  para compensar de alguna  forma  por  nuestros pecados y la reconciliación  con Dios y con la Iglesia. Para aquellos que cometen  un pecado mortal después del Bautismo, este sacramento es necesario para reconciliarse con Dios y con la Iglesia.

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Fuente: USCCB.org 


 

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