Catholic Diocese of Dallas

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En Español - Los Siete Dolores de la Virgen María

WHY OUR LADY OF SORROWS?

Publish date: Friday, April 12, 2019

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The poet Wendell Berry reflects that “for parents, the only way is hard. We who give life give pain. There is no help.  Yet we who give pain give love; by pain we learn the extremity of love…”

In other words, it may be different in another world, but in this world, all love requires a sacrifice, and with that sacrifice there is inevitable pain. To reject sacrifice as the condition for the possibility of love is to live an essentially loveless existence.  

Berry continues his reflection with this insight: I read of Christ crucified, the only begotten Son sacrificed to flesh and time and all our woe. He died and rose, but who does not tremble for his pain and loneliness, and the darkness of the sixth hour? Unless we grieve like Mary at his grave, giving him up as lost, no Easter morning comes…

The great mystery of the Incarnation is that God so desires communion with us that he allows himself to enter into the saddest and most difficult events of life. God in Christ does not exempt himself from the painful experiences of human existence. The Incarnation is a real event that happens in real flesh and blood, rather than in myth or metaphor. It involves real love and therefore very real pain. The implications of this are vast and saints and theologians have racked their brains for centuries exploring all its possibilities. Not only this, but many have been so moved by a God who would accept a human nature out of love for his creatures that they have been moved themselves to imitate his descent into our condition- seeking to serve his presence in those who represent his sufferings in their own afflictions.

The Incarnation demanded the cooperation of human agents to make it possible. If Christ was to be born into our flesh, he would have to have a mother. It is our faith that the Mother of God accepted the gift of the Incarnation in a way that was wholly singular and unique. God in Christ entered into her life with a depth and intimacy that not even those angels closest to the throne of God have known. To the worldly minded, such proximity to divine power should mean power, privilege and personal glory. But none of these things were offered, and none would have been accepted, such was the humility of the one who would be the Mother of God.  

What the Mother of God did accept was the gift of being able to love God as a mother loves her only beloved Son. But this would mean, as it does for all mothers, a sacrifice- such love would engender pain. To give God his flesh from her flesh would mean that God would make his way into our world as vulnerable as we are. His joy would be her joy. But his suffering would be her suffering as well. She could not protect him from the suffering and death that would be his mission.

This is essentially the meaning of the presentation of the Mother of God as Our Lady of Sorrows. It is a dramatic display to us of the full implications of the Incarnation for the woman who loved him most in all the world.    

We make a mistake if we think that because Mary is the Mother of God that this somehow meant that she escaped the more painful experiences of life. In fact, it is better to think that because of the depth of her relationship with Christ, the sad facts of life were enhanced for her rather than dulled. She experienced life knowing the full cost of humanity’s refusal to love, and saw for herself the terrible cost in the manner that her beloved Son suffered and died.  

All the while in the midst of the pain filled way of the cross she trusted that God was present, even if such a presence could not be felt or offered little in the way of relief or consolation.

Each of us will at some point of our lives experience a similar desolation. Like the Mother of God, the events and circumstances of life will offer us not only love, but sorrow. In these moments the witness of the Mother of Sorrows will demonstrate to us that genuine faith is not a merely a comfort, a crutch or a diversion. Faith in Christ does not bring with it exemption from the reality of our existence but grants us access to the divine life in all things- even suffering and even death and it is through precisely these experiences that we learn the extremity of true love.

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Source: WordOnFire


Español

Los Siete Dolores de la Virgen María

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Los Siete Dolores de la Virgen María

La devoción a Nuestra Señora de los Dolores viene desde muy antiguo. Ya en el siglo VIII los escritores eclesiásticos hablaban de la “Compasión de la Virgen” en referencia a la participación de la Madre de Dios en los dolores del Crucificado.

Pronto empezaron a surgir las devociones a los 7 dolores de María y se compusieron himnos con los que los fieles manifestaban su solidaridad con la Virgen dolorosa.

La fiesta empezó a celebrarse en occidente durante la Edad Media y por ese entonces se hablaba de la “Transfixión de María”, de la “Recomendación de María en el Calvario”, y se conmemoraba en el tiempo de Pascua.

En el siglo XII los religiosos servitas celebraban la memoria de María bajo la Cruz con oficio y Misa especial. Más adelante, por el siglo XVII se celebraba el domingo tercero de septiembre.

El viernes anterior al Domingo de Ramos también se hacía una conmemoración a la Virgen Dolorosa, festividad conocida popularmente como “Viernes de los Dolores”.

Benedicto XIII extendió universalmente la celebración del “Viernes de Dolores” en 1472 y en 1814 el Papa Pío VII fijó la Fiesta de Nuestra Señora de los Dolores para el 15 de septiembre, un día después a la Exaltación de la Santa cruz.

Primer Dolor
La profecía de Simeón en la presentación del Niño Jesús

Virgen María: por el dolor que sentiste cuando Simeón te anunció que una espada de dolor atravesaría tu alma, por los sufrimientos de Jesús, y ya en cierto modo te manifestó que tu participación en nuestra redención sería a base de dolor; te acompañamos en este dolor... Y, por los méritos del mismo, haz que seamos dignos hijos tuyos y sepamos imitar tus virtudes.

Segundo Dolor 
La huida a Egipto con Jesús y José

Virgen María: por el dolor que sentiste cuando tuviste que huir precipitadamente tan lejos, pasando grandes penalidades, sobre todo al ser tu Hijo tan pequeño; al poco de nacer, ya era perseguido de muerte el que precisamente había venido a traernos vida eterna; te acompañamos en este dolor . . . Y, por los méritos del mismo, haz que sepamos huir siempre de las tentaciones del demonio.

Tercer Dolor
La pérdida de Jesús

Virgen María: por las lágrimas que derramaste y el dolor que sentiste al perder a tu Hijo; tres días buscándolo angustiada; pensarías qué le habría podido ocurrir en una edad en que todavía dependía de tu cuidado y de San José; te acompañamos en este dolor . . . Y, por los méritos del mismo, haz que los jóvenes no se pierdan por malos caminos.

 

Cuarto Dolor
El encuentro de Jesús con la cruz a cuestas camino del calvario

 

Virgen María: por las lágrimas que derramaste y el dolor que sentiste al ver a tu Hijo cargado con la cruz, como cargado con nuestras culpas, llevando el instrumento de su propio suplicio de muerte; Él, que era creador de la vida, aceptó por nosotros sufrir este desprecio tan grande de ser condenado a muerte y precisamente muerte de cruz, después de haber sido azotado como si fuera un malhechor y, siendo verdadero Rey de reyes, coronado de espinas; ni la mejor corona del mundo hubiera sido suficiente para honrarle y ceñírsela en su frente; en cambio, le dieron lo peor del mundo clavándole las espinas en la frente y, aunque le ocasionarían un gran dolor físico, aún mayor sería el dolor espiritual por ser una burla y una humillación tan grande; sufrió y se humilló hasta lo indecible, para levantarnos a nosotros del pecado; te acompañamos en este dolor . . . Y, por los méritos del mismo, haz que seamos dignos vasallos de tan gran Rey y sepamos ser humildes como Él lo fue.

Quinto Dolor
La crucifixión y la agonía de Jesús

Virgen María: por las lágrimas que derramaste y el dolor que sentiste al ver la crueldad de clavar los clavos en las manos y pies de tu amadísimo Hijo, y luego al verle agonizando en la cruz; para darnos vida a nosotros, llevó su pasión hasta la muerte, y éste era el momento cumbre de su pasión; Tú misma también te sentirías morir de dolor en aquel momento; te acompañamos en este dolor. Y, por los méritos del mismo, no permitas que jamás muramos por el pecado y haz que podamos recibir los frutos de la redención.

Sexto Dolor
La lanzada y el recibir en brazos a Jesús ya muerto

Virgen María: por las lágrimas que derramaste y el dolor que sentiste al ver la lanzada que dieron en el corazón de tu Hijo; sentirías como si la hubieran dado en tu propio corazón; el Corazón Divino, símbolo del gran amor que Jesús tuvo ya no solamente a Ti como Madre, sino también a nosotros por quienes dio la vida; y Tú, que habías tenido en tus brazos a tu Hijo sonriente y lleno de bondad, ahora te lo devolvían muerto, víctima de la maldad de algunos hombres y también víctima de nuestros pecados; te acompañamos en este dolor... Y, por los méritos del mismo, haz que sepamos amar a Jesús como El nos amo.

Séptimo Dolor
El entierro de Jesús y la soledad de María

Virgen María: por las lágrimas que derramaste y el dolor que sentiste al enterrar a tu Hijo; El, que era creador, dueño y señor de todo el universo, era enterrado en tierra; llevó su humillación hasta el último momento; y aunque Tú supieras que al tercer día resucitaría, el trance de la muerte era real; te quitaron a Jesús por la muerte más injusta que se haya podido dar en todo el mundo en todos los siglos; siendo la suprema inocencia y la bondad infinita, fue torturado y muerto con la muerte más ignominiosa; tan caro pagó nuestro rescate por nuestros pecados; y Tú, Madre nuestra adoptiva le acompañaste en todos sus sufrimientos: y ahora te quedaste sola, llena de aflicción; te acompañamos en este dolor . . . Y, por los méritos del mismo, concédenos a cada uno de nosotros la gracia particular que te pedimos… 

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Fuente: aciprensa

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