Catholic Diocese of Dallas

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En Español - La Transfiguración de nuestro Señor

The Transfiguration of the Lord

Publish date: Thursday, August 2, 2018

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At the Angelus on Sunday, August 6, 2017, Pope Francis reflected on the Transfiguration of our Lord to the crowds gathered in St. Peter’s Square:

Dear Brothers and Sisters, Good morning!

This Sunday, the liturgy celebrates the Feast of the Transfiguration of the Lord. Today’s Gospel passage recounts that the Apostles Peter, James and John were witnesses to this extraordinary event. Jesus took them with him “and led them up a high mountain apart” (Mt 17:1) and, while he prayed, his face changed in appearance, “shone like the sun”, and “his garments became white as light”. Then Moses and Elijah appeared, and began a dialogue with Him. At this point, Peter said to Jesus: “Lord, it is well that we are here; if you wish, I will make three booths here, one for you and one for Moses and one for Elijah” (v. 4). He had not yet finished speaking when a bright cloud enveloped them.

The event of the Lord’s Transfiguration offers us a message of hope — thus shall we be, with Him —: it invites us to encounter Jesus, to be at the service of our brothers and sisters.

The disciples’ ascent up Mount Tabor leads us to reflect on the importance of disengaging from worldly matters, in order to make a journey toward heaven and to contemplate Jesus. It is a matter of being attentive to the careful and prayerful listening of Christ, the beloved Son of the Father, seeking intimate moments of prayer that allow for the docile and joyful welcoming of the Word of God.

In this spiritual ascent, in this disengagement from worldly matters, we are called to rediscover the peaceful and regenerative silence of meditating on the Gospel, on the reading of the Bible, which leads to a destination rich in beauty, splendour and joy. When we meditate in this way, with the Bible in hand, in silence, we begin to feel this interior beauty, this joy that the Word of God engenders in us.

At the end of the stunning experience of the Transfiguration, the disciples came down the mountain (cf. v. 9) with eyes and hearts transfigured by their encounter with the Lord. It is the journey that we too can make. The ever more vibrant rediscovery of Jesus is not the aim in itself, but spurs us to “come down the mountain”, energized by the power of the divine Spirit, so as to decide on new paths of conversion and to constantly witness to charity, as the law of daily life.

Transformed by Christ’s presence and by the ardour of his Word, we will be a concrete sign of the invigorating love of God for all our brothers and sisters, especially for those who are suffering, for those who are lonely and neglected, for the sick and for the multitude of men and women who, in different parts of the world, are humiliated by injustice, abuse and violence.

In the Transfiguration, the voice of the heavenly Father is heard saying: “This is my beloved Son, with whom I am well pleased; listen to him!” (v. 5). Let us look to Mary, the Virgin of listening, ever ready to welcome and keep in her heart every word of the Divine Son (cf. Lk 2:51).

May our Mother and the Mother of God help us to be in harmony with the Word of God, so that Christ may become light and lodestar throughout our life. 

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Source:
vatican.va
Image Source: Wikipedia Commons


Español

La Transfiguración de nuestro Señor

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En su Ángelus del domingo 6 de agosto de 2017, el Papa Francisco reflexionó acerca de la Transfiguración de nuestro Señor a las multitudes reunidas en la Plaza de San Pedro:

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

En este domingo, la liturgia celebra la fiesta de la Transfiguración del Señor. La página evangélica de hoy cuenta que los apóstoles Pedro, Santiago y Juan fueron testigos de este suceso extraordinario. Jesús les tomó consigo «y los lleva aparte, a un monte alto» (Mateo 17, 1) y, mientras rezaba, su rostro cambió de aspecto, brillando como el sol, y sus ropas se convirtieron en cándidas como la luz. Aparecieron entonces Moisés y Elías, y empezaron a hablar con Él. En ese momento, Pedro dijo a Jesús: «Señor, bueno es que estemos aquí. Si quieres, haré aquí tres tiendas, una para ti, otra para Moisés, y otra para Elías» (v. 4). Todavía estaba hablando, cuando una nube luminosa los cubrió.

El evento de la Transfiguración del Señor nos ofrece un mensaje de esperanza —así estaremos nosotros, con Él—: nos invita a encontrar a Jesús, para estar al servicio de los hermanos.

La ascensión de los discípulos al monte Tabor nos invita a reflexionar sobre la importancia de separarse de las cosas mundanas, para cumplir un camino hacia lo alto y contemplar a Jesús. Se trata de ponernos a la escucha atenta y orante del Cristo, el Hijo amado del Padre, buscando momentos de oración que permitan la acogida dócil y alegre de la Palabra de Dios.

En esta ascensión espiritual, en esta separación de las cosas mundanas, estamos llamados a redescubrir el silencio pacificador y regenerador de la meditación del Evangelio, de la lectura de la Biblia, que conduce hacia una meta rica de belleza, de esplendor y de alegría. Y cuando nosotros nos ponemos así, con la Biblia en la mano, en silencio, comenzamos a escuchar esta belleza interior, esta alegría que genera la Palabra de Dios en nosotros.

Al finalizar la experiencia maravillosa de la Transfiguración, los discípulos bajaron del monte (cf v. 9) con ojos y corazón transfigurados por el encuentro con el Señor. Es el recorrido que podemos hacer también nosotros. El redescubrimiento cada vez más vivo de Jesús no es fin en sí mismo, pero nos lleva a «bajar del monte», cargados con la fuerza del Espíritu divino, para decidir nuevos pasos de conversión y para testimoniar constantemente la caridad, como ley de vida cotidiana.

Transformados por la presencia de Cristo y del ardor de su palabra, seremos signo concreto del amor vivificante de Dios para todos nuestros hermanos, especialmente para quien sufre, para los que se encuentran en soledad y abandono, para los enfermos y para la multitud de hombres y de mujeres que, en distintas partes del mundo, son humillados por la injusticia, la prepotencia y la violencia.

En la Transfiguración se oye la voz del Padre celeste que dice: «Este es mi hijo amado, ¡escuchadle!» (v. 5). Miremos a María, la Virgen de la escucha, siempre preparada a acoger y custodiar en el corazón cada palabra del Hijo divino (cf. Lucas 1, 51).

Quiera nuestra Madre y Madre de Dios ayudarnos a entrar en sintonía con la Palabra de Dios, para que Cristo se convierta en luz y guía de toda nuestra vida.

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Fuente: vatican.va
Fuente de Imagen: Wikipedia Commons