Catholic Diocese of Dallas

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En Español - Solemnidad del Sagrado Corazón de Cristo

Feast of the Sacred Heart of Jesus

Publish date: Friday, June 3, 2016

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POPE FRANCIS - ANGELUS, St Peter's Square, Sunday, 9 June 2013

Dear Brothers and Sisters,

Good morning! The month of June is traditionally dedicated to the Sacred Heart of Jesus, the greatest human expression of divine love. In fact last Friday we celebrated the Solemnity of the Sacred Heart of Jesus and this feast sets the tone for the entire month. Popular piety highly values symbols, and the Heart of Jesus is the ultimate symbol of God’s mercy. But it is not an imaginary symbol; it is a real symbol which represents the centre, the source from which salvation flowed for all of humanity.

In the Gospels we find various references to the Heart of Jesus. For example there is a passage in which Christ himself says: “Come to me, all who labour and are heavy laden, and I will give you rest. Take my yoke upon you, and learn from me; for I am gentle and lowly in heart” (Mt 11:28-29). Then there is the key account of Christ’s death according to John. Indeed this Evangelist bears witness to what he saw on Calvary, that is, when Jesus was already dead a soldier pierced his side with a spear and blood and water came out of the wound (cf. Jn 19:33-34). In that apparently coincidental sign John recognizes the fulfillment of the prophecies: from the Heart of Jesus, the Lamb sacrificed on the Cross, flow forgiveness and life for all people.

The mercy of Jesus is not only an emotion; it is a force which gives life that raises man! Today’s Gospel also tells us this in the episode of the widow of Nain (Lk 7:11-17). With his disciples, Jesus arrives in Nain, a village in Galilee, right at the moment when a funeral is taking place. A boy, the only son of a widow, is being carried for burial. Jesus immediately fixes his gaze on the crying mother. The Evangelist Luke says: “And when the Lord saw her, he had compassion on her” (v. 13). This “compassion” is God’s love for man, it is mercy, thus the attitude of God in contact with human misery, with our destitution, our suffering, our anguish. The biblical term “compassion” recalls a mother’s womb. The mother in fact reacts in a way all her own in confronting the pain of her children. It is in this way, according to Scripture, that God loves us.

What is the fruit of this love and mercy? It is life! Jesus says to the widow of Nain: “Do not weep” and then he calls the dead boy and awakes him as if from sleep (cf. vv. 13-15). Let’s think about this, it’s beautiful: God’s mercy gives life to man, it raises him from the dead. Let us not forget that the Lord always watches over us with mercy; he always watches over us with mercy. Let us not be afraid of approaching him! He has a merciful heart! If we show him our inner wounds, our inner sins, he will always forgive us. It is pure mercy Let us go to Jesus!

Let us turn to the Virgin Mary: her Immaculate Heart, a mother’s heart, has fully shared in the “compassion” of God, especially in the hour of the passion and death of Jesus. May Mary help us to be mild, humble and merciful with our brothers.

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Source: Vatican.va
Image credit: Wikimedia Commons


Español

Solemnidad del Sagrado Corazón de Cristo

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PAPA FRANCISCO, ÁNGELUS, Plaza de San Pedro, Domingo 9 de junio de 2013

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

El mes de junio está tradicionalmente dedicado al Sagrado Corazón de Jesús, máxima expresión humana del amor divino. Precisamente el viernes pasado, en efecto, hemos celebrado la solemnidad del Corazón de Cristo, y esta fiesta da el tono a todo el mes. La piedad popular valora mucho los símbolos, y el Corazón de Jesús es el símbolo por excelencia de la misericordia de Dios; pero no es un símbolo imaginario, es un símbolo real, que representa el centro, la fuente de la que brotó la salvación para toda la humanidad.

En los Evangelios encontramos diversas referencias al Corazón de Jesús, por ejemplo en el pasaje donde Cristo mismo dice: «Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré. Tomad mi yugo sobre vosotros y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón» (Mt 11, 28-29). Es fundamental, luego, el relato de la muerte de Cristo según san Juan. Este evangelista, en efecto, testimonia lo que vio en el Calvario, es decir, que un soldado, cuando Jesús ya estaba muerto, le atravesó el costado con la lanza y de la herida brotaron sangre y agua (cf. Jn 19, 33-34). Juan reconoce en ese signo, aparentemente casual, el cumplimiento de las profecías: del corazón de Jesús, Cordero inmolado en la cruz, brota el perdón y la vida para todos los hombres.

Pero la misericordia de Jesús no es sólo un sentimiento, ¡es una fuerza que da vida, que resucita al hombre! Nos lo dice también el Evangelio de hoy, en el episodio de la viuda de Naín (Lc 7, 11-17). Jesús, con sus discípulos, está llegando precisamente a Naín, un poblado de Galilea, justo en el momento que tiene lugar un funeral: llevan a sepultar a un joven, hijo único de una mujer viuda. La mirada de Jesús se fija inmediatamente en la madre que llora. Dice el evangelista Lucas: «Al verla el Señor, se compadeció de ella» (v. 13). Esta «compasión» es el amor de Dios por el hombre, es la misericordia, es decir, la actitud de Dios en contacto con la miseria humana, con nuestra indigencia, nuestro sufrimiento, nuestra angustia. El término bíblico «compasión» remite a las entrañas maternas: la madre, en efecto, experimenta una reacción que le es propia ante el dolor de los hijos. Así nos ama Dios, dice la Escritura.

Y ¿cuál es el fruto de este amor, de esta misericordia? ¡Es la vida! Jesús dijo a la viuda de Naín: «No llores», y luego llamó al muchacho muerto y le despertó como de un sueño (cf. vv. 13-15). Pensemos esto, es hermoso: la misericordia de Dios da vida al hombre, le resucita de la muerte. El Señor nos mira siempre con misericordia; no lo olvidemos, nos mira siempre con misericordia, nos espera con misericordia. No tengamos miedo de acercarnos a Él. Tiene un corazón misericordioso. Si le mostramos nuestras heridas interiores, nuestros pecados, Él siempre nos perdona. ¡Es todo misericordia! Vayamos a Jesús.

Dirijámonos a la Virgen María: su corazón inmaculado, corazón de madre, compartió al máximo la «compasión» de Dios, especialmente en la hora de la pasión y de la muerte de Jesús. Que María nos ayude a ser mansos, humildes y misericordiosos con nuestros hermanos.

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Source: vatican.va