La Venida del Espíritu Santo

5/13/2016

Nuestra jornada de recuerdos no se detiene el Domingo de Pascua. El plan amoroso del Padre para reconciliar a la humanidad comienza con el envío de su Hijo en la Encarnación y se completa con el envío del espíritu Santo por el Padre y el Hijo.

Es el Espíritu Santo es el Señor y dador de vida quien nos da la fuerza para responder al amor sanador y misericordioso del Padre, como lo hizo Jesús, y para unir nuestra respuesta a la respuesta perfecta de Jesús. Ese es el motivo por el cual oramos al Padre a través del Hijo en unidad con el Espíritu Santo.

En Pentecostés celebramos la manifestación pública del Espíritu Santo (He 2) con la venida del Espíritu y con Pedro proclamando que Jesús es "Señor y Mesías." Debido a la expansión de la comunidad Apostólica mediante el bautismo de tres mil en esa ocasión, a menudo nos referimos a Pentecostés como el nacimiento de la Iglesia.

Sin embargo, las Escrituras nos dicen que el Espíritu Santo ya estaba activo en la comunidad. En la Liturgia de la Palabra del domingo pasado, el Evangelio de San Juan relata que cuando Jesús se apareció a los discípulos en el primer día de la semana después de su Resurrección, sopló sobre ellos y les dijo "Reciban el Espíritu Santo." A veces nos referimos a este evento como el Pentecostés Joánico porque se encuentra sólo en el evangelio de San Juan.

Hemos celebrado los Dones del Espíritu Santo en nuestros blogs Cuaresmales: ciencia, consejo, fortaleza, inteligencia, piedad, y temor de Dios. Sin embargo, San Pablo también celebra los Frutos del Espíritu Santo que son el resultado de practicar los dones en nuestras vidas. Los frutos del Espíritu son "caridad, alegría, paz, comprensión de los demás, generosidad, bondad, fidelidad, mansedumbre y dominio de sí mismo (Gal 5:22).

Al anticipar el día de Pentecostés, debemos recordar que el poder del Espíritu se encuentra vivo en nosotros, que los dones son nuestros, que nos han sido otorgados gratuitamente y que debemos estar dispuestos a recibirlos para que no se extingan (1 Tes 5:19).

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Originally published at BishopKevinFarrell.org

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