¿Qué enseña la Iglesia acerca del suicidio?

6/9/2018

¿Qué enseña la Iglesia acerca del suicidio?

Lamentablemente, hoy en día, hay muchas muertes a causa del suicidio. Muy pocas personas no han sido afectadas profundamente por el suicidio de un ser querido. Solamente en los Estados Unidos, ocurren más de 33 mil suicidios al año, lo cual hace un promedio de noventa de esas muertes cada día, cerca de tres o cuatro cada hora.                                                                                                           

Ahora bien, el suicidio sigue siendo ampliamente incomprendido y generalmente deja tras de sí un sufrimiento particularmente devastador. Entre todas las muertes, el suicidio es tal vez la que más pesa más para los que han quedado atrás.

¿Qué enseña la Iglesia acerca del suicidio? De acuerdo al ‘Catecismo de la Iglesia Católica’:

2280 Cada cual es responsable de su vida delante de Dios que se la ha dado. Él sigue siendo su soberano Dueño. Nosotros estamos obligados a recibirla con gratitud y a conservarla para su honor y para la salvación de nuestras almas. Somos administradores y no propietarios de la vida que Dios nos ha confiado. No disponemos de ella.

2281 El suicidio contradice la inclinación natural del ser humano a conservar y perpetuar su vida. Es gravemente contrario al justo amor de sí mismo. Ofende también al amor del prójimo porque rompe injustamente los lazos de solidaridad con las sociedades familiar, nacional y humana con las cuales estamos obligados. El suicidio es contrario al amor del Dios vivo.

2282 Si se comete con intención de servir de ejemplo, especialmente a los jóvenes, el suicidio adquiere además la gravedad del escándalo. La cooperación voluntaria al suicidio es contraria a la ley moral.

Por lo que muchas personas concluyen que la Iglesia afirma que toda persona que comete suicidio va directamente al infierno, ya que su último acto antes de morir es un pecado mortal. Sin embargo, el siguiente párrafo del Catecismo expresa:

Trastornos psíquicos graves, la angustia o el temor grave de la prueba, del sufrimiento o de la tortura, pueden disminuir la responsabilidad del suicida.

La acción en sí misma es siempre un asunto grave; pero para que una acción sea un pecado mortal, la persona debe saber que se trata de un asunto grave y debe hacerlo voluntariamente. La Iglesia contemporánea entiende que la depresión y otros disturbios psicológicos que podrían llevar a una persona al suicidio son verdaderas enfermedades, lo cual puede mitigar significativamente el entendimiento y el libre albedrío de una persona.

Por otra parte, aunque pareciera que la persona muere rápidamente sin tener tiempo de arrepentirse antes de morir, no tenemos manera de saber lo que sucede entre su alma y un Dios misericordioso, quien desea llevar a todos Sus hijos de regreso a casa:

2283 No se debe desesperar de la salvación eterna de aquellas personas que se han dado muerte. Dios puede haberles facilitado por caminos que Él solo conoce la ocasión de un arrepentimiento salvador. La Iglesia ora por las personas que han atentado contra su vida.

Esto es no quiere decir que debemos suponer que todas las personas que cometen suicidio son reconciliadas con Dios. Todos los hombres y mujeres son libres de elegir o rechazar a Dios; por lo que sería erróneo suponer que todas las almas se salvan. Por el contrario, nuestra fe en la misericordia de Dios nos pide que oremos por todos los vivos y los muertos. No tenemos derecho a suponer que alguien que ha muerto está en el infierno o en el Cielo. La oración siempre es oportuna y siempre es nuestro deber.

También nos corresponde, como Católicos, educarnos a nosotros mismos sobre la depresión y otras enfermedades mentales. No creemos en un Evangelio de Prosperidad Mental, en el que Dios recompensa a Sus fieles con un sentido de bienestar y buen ánimo. Muchos de los santos estaban tan cerca de Dios como les era posible--me viene a la mente la Madre Teresa-- y sin embargo lucharon constantemente contra la oscuridad. La depresión y las enfermedades mentales no son un signo de pecado personal, sino uno de los muchos signos de la debilidad que todos heredamos cuando Adán pecó.

Luchando por Entender el Suicidio

El suicidio nos golpea fuertemente porque está envuelto en el tabú supremo. Para la mentalidad popular, el suicidio se ve, consciente o inconscientemente, como el acto definitivo de desesperación, lo peor que una persona puede hacer. Esto no debería sorprendernos ya que el suicidio va en contra el más profundo instinto que hay dentro de nosotros, nuestro deseo de vivir. Incluso, al ser tratado con comprensión y compasión, sigue dejando en los que han quedado atrás un cierto sentido de vergüenza y una madeja de dudas. También con mucha frecuencia, arruina el recuerdo de la persona que muere. Sus fotografías desaparecen lentamente de las paredes y se habla del modo en el que murieron con mucha discreción. Nada de esto debería sorprender: el suicidio es el tabú supremo.

¿Qué se puede decir sobre el suicidio? ¿Cómo podemos entenderlo con mayor empatía?

Entender el suicidio más compasivamente no le quita su aguijón, nada lo hará, excepto el tiempo; pero nuestra propia sanación a largo plazo y para el rescate de la memoria de la persona que ha muerto pueden ayudar el mantener algunas cosas en mente.

 

  • El suicidio, en la mayoría de los casos, es una enfermedad, no algo que se desea libremente. La persona que muere de esta manera muere contra su voluntad, similarmente a los que saltaron hacia sus muertes de las Torres Gemelas después que los aviones terroristas incendiaron los edificios el 11 de septiembre de 2001. Ellos estaban saltando a una muerte segura, pero sólo porque ya estaban muriendo calcinados donde se encontraban. La muerte por suicidio es análoga a la muerte por cáncer, derrame cerebral o ataque al corazón; excepto que, en el caso de suicidio, es una cuestión de cáncer emocional, derrame cerebral emocional o un ataque al corazón emocional.

 

Asimismo, el papel potencial que desempeña la bioquímica en el suicidio aún debe ser estudiado. Ya que algunas depresiones suicidas son tratables con medicamentos, claramente entonces algunos suicidios son causados por deficiencias bioquímicas, como muchas otras enfermedades que acaban con nuestras vidas.

 

  • La persona que muere de esta manera, casi invariablemente, es un ser humano muy sensible. El suicidio rara vez se realiza con arrogancia, como una acción de desprecio. Por supuesto que hay ejemplos de personas como Hitler, demasiado orgullosos para soportar la contingencia humana normal y se matan a sí mismos por arrogancia, pero ese es un caso muy diferente de suicidio, no es de la clase que la mayoría de nosotros hemos visto en un ser querido. Generalmente nuestra experiencia con los seres queridos que hemos perdido a causa del suicidio fue que esas personas no tenían nada de arrogantes. Descritos con mayor precisión, estaban tan lastimados y heridos de una manera tan profunda que no podíamos comprender o ayudar a su sanación. En efecto, en muchas ocasionas, cuando ha pasado el tiempo suficiente después de su muerte, en retrospectiva, nos damos cuenta de sus heridas de tal manera que nunca hubiéramos podido percibir con claridad mientras estaban vivos. Es entonces que su suicidio ya no parece tan sorprendente.

 

  • Finalmente, no debemos preocuparnos excesivamente por la salvación eterna de quienes mueren de esta manera. La comprensión y misericordia de Dios sobrepasan infinitamente las nuestras. Nuestros seres queridos que hemos perdido están en manos más seguras que las nuestras. Si nosotros, limitados como somos, podemos alcanzar a entender esta tragedia desde la comprensión y el amor, podemos estar seguros que, dada la inmensidad y la profundidad del amor de Dios, quienes mueren a causa del suicidio encuentran, en el otro lado, una compasión más profunda que la nuestra y un juicio que percibe los motivos más profundos de sus corazones.

 

Además, el amor de Dios, tal y como se nos asegura en las Sagradas Escrituras y se nos manifiesta en la resurrección de Jesús, no es tan indefenso como el nuestro en relación a esto. Nosotros, en el trato con nuestros seres queridos, a veces nos encontramos indefensos, sin saber qué hacer y sin energía, parados al otro lado de una puerta cerrada por el miedo, las heridas, la enfermedad o la soledad. La mayoría de las personas que mueren a causa del suicidio precisamente se encuentran encerradas dentro de este tipo de habitación privada a causa de alguna herida cancerosa a la que no podemos llegar y que ellos mismos no pueden alcanzar. Nuestros mejores esfuerzos no nos permiten penetrar en ese infierno privado.

Sin embargo, las apariciones posteriores a la resurrección de Jesús, el amor y la compasión de Dios no se dejan vencer por puertas cerradas. El amor de Dios no se queda afuera tocando débilmente. Más bien, penetra las puertas cerradas, permanece dentro de la madeja de miedo y soledad, y respira paz. Así también es para nuestros seres queridos que mueren a cause del suicidio. Nosotros nos sentimos incapaces, pero Dios puede hacerlo, y lo hace, traspasa las puertas cerradas y una vez ahí, respira paz en medio de la tortura a un corazón contraído.

Línea Nacional de Prevención del Suicidio

Todos podemos prevenir el suicidio. La Línea Nacional de Prevención del Suicidio proporciona apoyo gratuito y confidencial 24/7 para personas en peligro, recursos para prevención y crisis para usted o sus seres queridos, así como las mejores prácticas para profesionales.

Si desea conocer más u obtener ayuda, visite https://suicidepreventionlifeline.org/ o llame a la línea de asistencia al 1-800-273-8255.

Fuentes del extracto del artículo: Simcha Fisher - simchafisher.com and Fr. Ron Rolheiser - ronrolheiser.com

Crédito fotográfico: Verne Ho

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