En la Fiesta de Corpus Christi

5/27/2016

En esta fiesta de Corpus Christi, en ciudades de una parte y otra de la tierra, los cristianos acompañan en procesión al Señor, quien escondido en la Hostia recorre las calles y plazas -lo mismo que en su vida terrena-, saliendo al paso de los que quieren verle, haciéndose el encontradizo con los que no le buscan. Jesús aparece así, una vez más, en medio de los suyos: ¿cómo reaccionamos ante esa llamada del Maestro.

Porque las manifestaciones externas de amor deben nacer del corazón, y prolongarse con testimonio de conducta cristiana. Si hemos sido renovados con la recepción del Cuerpo del Señor, hemos de manifestarlo con obras. Que nuestros pensamientos sean sinceros: de paz, de entrega, de servicio. Que nuestras palabras sean verdaderas, claras, oportunas; que sepan consolar y ayudar, que sepan, sobre todo, llevar a otros la luz de Dios. Que nuestras acciones sean coherentes, eficaces, acertadas: que tengan ese bonus odor Christi, el buen olor de Cristo, para que recuerden su modo de comportarse y de vivir.

La procesión del amor debe venir desde el corazón y encontrar su expresión en el testimonio de una vida cristiana. Si hemos sido renovados al recibir el cuerpo de nuestro Señor, debemos mostrarlo. Oremos para que nuestros pensamientos sean sinceros, llenos de paz, entrega y servicio. Oremos para que seamos verdaderos y claros en lo que decimos, lo correcto en el momento adecuado, para consolar y ayudar y especialmente para llevar la luz de Dios a otros.

Oremos para que nuestras acciones sean coherentes, eficaces y adecuadas, para que emitan "el buen perfume de Cristo", evocando su manera de hacer las cosas. La procesión del Corpus hace presente a Cristo por los pueblos y las ciudades del mundo. Pero esa presencia no debe ser cosa de un día, ruido que se escucha y se olvida. Ese pasar de Jesús nos trae a la memoria que debemos descubrirlo también en nuestro quehacer ordinario. Junto a esa procesión solemne debe estar la procesión callada y sencilla, de la vida corriente de cada cristiano, hombre entre los hombres, pero con la dicha de haber recibido la fe y la misión divina de conducirse de tal modo que renueve el mensaje del Señor en la tierra. No nos faltan errores, miserias, pecados. Pero Dios está con los hombres, y hemos de disponernos para que se sirva de nosotros y se haga continuo su tránsito entre las criaturas.

Vamos, pues, a pedir al Señor que nos conceda ser almas de Eucaristía, que nuestro trato personal con Él se exprese en alegría, en serenidad, en afán de justicia. Y facilitaremos a los demás la tarea de reconocer a Cristo, contribuiremos a ponerlo en la cumbre de todas las actividades humanas. Se cumplirá la promesa de Jesús: “Cuando yo sea exaltado sobre la tierra, atraeré a todos hacia mí”.

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Tomado de, Es Cristo que Pasa de San Josemaría Escrivá

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