Homilía de Instalación del Obispo Edward J. Burns

2/17/2017

Mis amigos me presento ante ustedes dando gracias al Dios Todopoderoso por esta oportunidad de servir—por su don de la vida y el don de la maravillosa vocación del ministerio ordenado. Agradezco profundamente al Papa Francisco su confianza al nombrarme octavo obispo de la Diócesis de Dallas.

Es a través del Arzobispo Christophe Pierre quien se encuentra aquí presente, nuestro nuncio apostólico, quien sirve como representante de nuestro Santo Padre. Su Excelencia, muchas gracias por su presencia, a través de usted le ofrecemos palabras de gratitud, oraciones y fidelidad a nuestro Santo Padre, Papa Francisco.

Me gustaría expresar que con un corazón lleno de gratitud, le doy la bienvenida a la Diócesis de Dallas al Cardenal Kevin Farrell. ¡Bienvenido a casa Cardenal! Debo decirle que su labor en esta diócesis no fue en vano ya que deseo seguir edificando sobre los maravillosos cimientos que usted ha establecido.

Me gustaría decir unas palabras de agradecimiento al Cardenal Daniel DiNardo, cardenal arzobispo de Galveston-Houston, y quien también sirve como Presidente de la Conferencia de Obispos Católicos de los Estados Unidos. Su Eminencia, bendiciones en todo lo que hace y por dirigir nuestra Conferencia Episcopal, gracias por su presencia.

Su Eminencia, Cardenal Wuerl, gracias por estar aquí. El Cardenal Wuerl es el Cardenal Arzobispo de la Arquidiócesis de Washington D.C., anteriormente obispo de la Diócesis de Pittsburgh con quien tuve el honor y privilegio de trabajar y quien ha sido el tutor y modelo en tantos aspectos del ministerio ordenado para mí y para tantos otros. Cardenal Wuerl, también quiero felicitarlo al celebrar los 50 años de su ordenación.

El Cardenal Wuerl, junto con el Arzobispo Roger Schwietz, fueron mi co-consagrantes cuando fui ordenado obispo. Por desgracia, el Obispo Zubik, quien me ordenó obispo, no pudo estar presente. Sin embargo, él me llamó desde la Tierra Santa para asegurarme que me tiene presente en sus oraciones.

Agradezco al Arzobispo Gustavo Garcia-Siller, Arzobispo de San Antonio y Arzobispo Metropolitano. Gracias por su apoyo fraternal y por su presencia, espero trabajar muy estrechamente con usted.

Al Obispo Grahmann, unas palabras de gratitud por los tantos años que ha laborado en esta Diócesis de Dallas. Muchas gracias por su presencia.

Al Obispo Kelly, quien hasta hace sólo unos momentos sirvió como Administrador Apostólico de la Diócesis de Dallas; es maravilloso trabajar con usted. Gracias por todo lo que ha hecho.

A mis hermanos obispos que están aquí. Gracias por su presencia. Me siento sumamente honrado y espero seguir trabajando con ustedes en la colegialidad que poseemos al continuar la labor de los sucesores de los Apóstoles.

Quiero también decirles a mis hermanos sacerdotes que están aquí, gracias por su presencia. De manera especial, a mis amigos sacerdotes de la Diócesis de Pittsburgh y sacerdotes de la Diócesis de Juneau, Alaska. Contamos con la presencia de tres sacerdotes de la Diócesis de Juneau y eso significa que una tercera parte del presbiterado está aquí — me siento muy agradecido.

A los diáconos de la diócesis, gracias por estar aquí. Estoy deseoso de trabajar estrechamente con ustedes. Tengo que decirles que los maravillosos diáconos de la Diócesis de Juneau me tenían muy consentido.

A los hombres y mujeres religiosos, los consagrados, gracias por decir “sí” al llamado de Dios. Gracias por servir como una verdadera imagen del mensaje del Evangelio en nuestro mundo.

A nuestros seminaristas, es maravilloso verlos aquí. Ustedes representan para mí y para toda la Iglesia, un signo de esperanza. Le pedimos que se mantengan firmes, nosotros nos comprometemos a tenerlos presentes en nuestras oraciones y esperamos darle la bienvenida a más hombres como ustedes a las vocaciones sacerdotales.

A nuestros jóvenes y jóvenes adultos, quiero decirles que la iglesia está con ustedes en estos tiempos en los que puede haber confusión entre el mensaje del Evangelio y el mensaje de la sociedad. Quiero que sepan que la Iglesia siempre estará con ustedes mientras aclaran las preguntas de su propia vida.

A los ministros de esta diócesis, a los maestros en nuestras escuelas Católicas, a los catequistas, a todos los que prestan servicios en cualquier capacidad en que facilitamos los ministerios del pueblo de Dios, especialmente al servicio de los pobres, les agradezco su servicio.

A los líderes interreligiosos que se encuentran aquí, así como a los líderes ecuménicos, deseo reunirme con ustedes como un líder de comunidades de fe mientras trabajamos juntos para traer un elemento de esperanza a nuestra sociedad.

A nuestros líderes civiles, acojo con satisfacción la oportunidad de trabajar con ustedes por el bien común de nuestra comunidad.

Estoy muy agradecido con mi entrañable familia. A mi mamá, a mi hermano, a su esposa Rose, a sus hijos mi sobrino Steve y mi sobrina Nichole, ustedes saben cuán agradecidos estamos de haber tenido la maravillosa bendición de papá y nosotros, por supuesto, lo recordamos de manera muy especial en esta Misa.

A mis padrinos, Bill y Eileen Shiller que nos están viendo a través de la transmisión en vivo. Ellos fueron mis patrocinadores en la fe – les estoy muy agradecido. Y, por formar dicha fe, agradezco a la Diócesis de Pittsburgh. En la Diócesis de Pittsburgh muchas personas me ayudaron a cultivar mi fe y fue ahí, en la Diócesis de Pittsburgh, donde cultivaron mi vocación.

Y, a la Diócesis de Juneau, les agradezco la oportunidad, el privilegio y el honor de servir como su obispo y siempre les estaré agradecido que me hayan entrenado.

Tengo que decirles, cuando empecé en la Diócesis de Juneau, llegué en la diócesis con muchas preguntas. Así que lo que hice allí, y lo que deseo hacer en la Diócesis de Dallas, es salir y reunirme con las personas para llegar a conocerlas y escucharlas.

Cuando fui por primera vez a la Diócesis de Juneau, le pedí a mi personal que me hiciera una lista de las parroquias para salir a visitarlas. Y efectivamente, así lo hicieron. Tenía un personal de confianza, el Diácono Charles y Robbie y Jim Donohue. Ellos establecieron mi calendario. Me senté con ellos a revisar la lista. Vi que el primer lugar que estaba programado para visitar como Obispo de Juneau era la Capilla St. Francis en Tenakee Springs, Alaska. Tenakee Springs es un pueblo con una población de 200 personas.

Así que, como muchos de ustedes saben, en Juneau no puedes manejar. No hay carreteras desde ni hacia Juneau, sólo se puede llegar ahí por aire o agua. Y en Tenakee Springs, no hay pista de aterrizaje. Así que tienes que ir al muelle y subir a un avión flotante para volar a Tenakee Springs.

Lo que la gente de Tenakee Springs sabe es que en ese avión viene a celebrar Misa el sacerdote o el obispo.

También le hice al personal una de mis preguntas, “¿A qué hora empieza la Misa?”

Bueno, ellos me vieron como si estuviera loco. Y me dijeron: “Obispo, la Misa empieza cuando usted llega.” En Alaska el viaje nunca está garantizado.

Lo que la gente de Tenakee Springs sabía es que cuando escuchaban llegar el avión a la aldea, y muchos de ellos vivían al lado del agua, así que verían el avión aterrizar en el agua frente a sus casas, sabían que cuando ese avión aterrizaba la Misa comenzaría 20 minutos más tarde.

Así que todas las personas de la aldea se reunían en la capilla 20 minutos después de que el avión aterrizaba. El avión se había convertido en la campana moderna de la iglesia, llamando a las personas a la capilla. Era algo absolutamente hermoso. Ya pueden imaginar cuán gloriosa era la escena.

Bueno, tengo que decirles, si llegue a una diócesis tan pequeña como Juneau con un cúmulo de preguntas, ya podrán imaginarse el número de preguntas que voy a tener en la Diócesis de Dallas.

También debo decirles que estoy empezando a aprender mucho. En la preparación de esta instalación contamos con excelente personal en la diócesis que ya me han enseñado tanto. En su guía litúrgica pueden ver fotos de varias personas. Cuando me preparaba para que tomaran mi fotografía me trajeron a la Catedral.

Le estaba expresando mi gratitud a Annette Gonzales Taylor, Directora de Comunicaciones, le dije, “Annette, muchas gracias por hacerte cargo de esto.” Y ella me dijo, “Obispo, como decimos aquí en Texas, este no es mi primer rodeo.”

Bueno, tengo que decirles, yo no puedo pararme aquí y decirles que este no es mi primer rodeo. Yo vengo de Pittsburgh, Pennsylvania vía Juneau, Alaska. Mis amigos, yo nunca he ido a un rodeo, y mucho menos he estado en uno.

Así que créanme, voy a tener muchas preguntas. Y espero poder trabajar con todos mientras aprendo más acerca de esta diócesis.

De lo que estoy convencido es que voy a hacer lo mejor que pueda como su pastor. Voy a guiar esta comunidad mientras evaluamos lo que hacemos, haciéndonos las preguntas más importantes:

"Señor, ¿cuándo te vimos hambriento, y te dimos de comer? ¿Cuándo te vimos sediento, y te dimos de beber? ¿Cuándo te vimos desnudo, y te vestimos? ¿Cuándo te vimos enfermo o preso, y fuimos a verte? Y Señor, ¿Cuándo te vimos de paso, y te alojamos?

Esperaremos la respuesta del Señor quien nos dirá, "Les aseguro que cada vez que lo hicieron con el más pequeño de mis hermanos, lo hicieron conmigo".

Con esta instalación damos inicio a otro capítulo en la historia de esta diócesis.

Hoy, hemos recibido la bula Papal y fue el Arzobispo Pierre, nuestro nuncio apostólico, quien me dijo, “Este documento papal es para ti. Tu llévaselo a la gente; muéstraselo a las personas y tomate el tiempo de asegurarte que ellos lo vean.”

¿Saben?, tengo que decirles, que hubo un día en que recibí una nota de mi madre para mostrársela a la maestra; pues bien, hoy, tengo una nota del Papa que debo mostrarle a mi madre.

Mis amigos, este documento, la palabra viene de la palabra Latina bullous, que significa sello. Es el sello de nuestro Santo Padre. Ese documento estuvo en el escritorio de nuestro Santo Padre; tiene su firma. Este documento ahora está aquí con nosotros en Dallas. Y, mis amigos, es debido a este documento que yo estoy aquí en Dallas.

Se trata del sucesor de San Pedro. San Pedro, a quien Jesús le dijo, Pedro, “Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y el poder de la Muerte no prevalecerá contra ella.”

Mis amigos, siempre seguiremos a Pedro. Nos mantendremos unidos estrechamente por siempre al pastor universal, pues es a través de él que nos mantenemos cerca de Jesucristo. Prometo que por la gracia de Dios, haré lo mejor que pueda en pastorear esta iglesia local.

Les pido que sigamos invitando personas a reunirse con nosotros en la celebración de la Palabra y los sacramentos. Y ¿cómo los invitamos? Ya sea a través de hidroavión, campanas, mensajes de texto o Twitter; ya sea a través del boletín parroquial, queremos invitarlos a estar con nosotros porque Cristo nos llama a que seamos un solo cuerpo—una comunidad de creyentes.

En el Evangelio de hoy, Cristo le pidió a Pedro que lanzara la red. ¿Y qué le dice Pedro en el Evangelio de hoy?, “Maestro, hemos trabajado la noche entera.”

Cuando hablo con los sacerdotes les digo que este es el ejemplo del primer sacerdote que se quejó.

¿Qué es lo que hace Pedro? Algo así como los sacerdotes cuando reciben otro sobre del Centro Pastoral que tienen que abrir.

Sin embargo, encontramos que Pedro renuncia a sí mismo sometiéndose a la voluntad de Dios. Se entrega y recoge una pesca maravillosa.

Nosotros estamos llamados a agotarnos por Jesucristo. Nosotros estamos llamados a ser verdaderamente sus discípulos en este mundo. Tomen en cuenta que Él nunca omitió palabras cuando nos dijo lo que iba a pedirnos, las dificultades, ni los sacrificios.

Y así, mis amigos, como su pastor, mi objetivo es estar con ustedes y trabajar con ustedes palmo a palmo mientras avanzamos en la misión de la Iglesia y el mensaje del Evangelio. Me siento muy honrado de ser su pastor. Con ustedes espero que hagamos las preguntas correctas, de cómo podemos servir a nuestros hermanos y hermanas.

En segundo lugar, siempre nos mantendremos cerca de nuestro Santo Padre, el Papa Francisco, el sucesor de San Pedro. En tercer lugar, nos agotaremos por Jesucristo.

Para hacer todo esto fortalecemos nuestros corazones, nuestras mentes, nuestras vidas en la celebración de la Palabra y compartiendo el sustento de la Eucaristía.

Lo que hacemos es recurrir a la Iglesia para recibir los sacramentos, los cuales nos sustentan como discípulos. Y oramos con confianza a través de la intercesión de nuestra Señora de Guadalupe que el Señor bendiga nuestros esfuerzos y otorgue éxito a la labor de nuestras manos.

Amén.

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