Carta Pastoral para el Año Jubilar de la Misericordia

12/7/2015

Mis queridos hermanos y hermanas,

Me dirijo a ustedes con el mismo espíritu con el que el Papa Francisco dirigió su reciente carta encíclica Laudato Si, Sobre el Cuidado de la Casa Común, "a cada persona que habita este planeta" (n. 3) y su carta anunciando un Año Jubilar de la Misericordia (Misericordiae Vultus, Bula de Convocación del Jubileo Extraordinario de la Misericordia, n.23; en adelante MV). Comienzo saludándolos a todos ustedes que buscan, encuentran, adoran y sirven a Dios en muchos lugares (incluyendo iglesias, sinagogas, mezquitas y en la vida cotidiana) y buscan ser amigos de Dios, del prójimo y de todas las criaturas en esta buena tierra. También les pido que consideren compartir esta carta con las personas que quieran comprometerse a profesar una religión organizada o quieran conocer más acerca de este próximo año especial de la Misericordia de Dios.

Les escribo cuando todavía nos sentimos emocionados por la visita histórica del Papa Francisco a los Estados Unidos. Nuestro Santo Padre nos mostró justamente eso – que es un Santo Padre – un sabio consejero para nuestros funcionarios de gobierno, un líder entre otros líderes del mundo y un verdadero pastor para todos nosotros. Él invitó a los representantes en los círculos del poder en Washington, D.C. a evaluar sus posiciones en referencia a ciertas cuestiones para que como sociedad “hagamos por los demás lo que queremos que ellos hagan por nosotros”. Mostrar misericordia, ya que nosotros también queremos misericordia. Después aplicó la Regla de Oro a ciertos asuntos familiares, como la migración, la cual sigue siendo un tema muy importante aquí en el estado de Texas. El añadió algunas nuevas cuestiones, incluyendo el cuidado del medio ambiente y elevó las expectativas en otros temas como la abolición de la pena de muerte. Como Obispo de Roma se dirigió un par de veces a los obispos americanos estimulándolos y también desafiándolos como un padre debe hacerlo (ver Heb 12,7). Él hizo una invitación a gente como yo, para que como su obispo esté muy cerca de ustedes y para que anime y apoye a nuestros sacerdotes para que ellos hagan lo mismo. Les digo esto porque me doy cuenta que, gracias a Dios, muchos de ustedes que pertenecen a nuestras parroquias colaboran en numerosos ministerios, celebran la sagrada liturgia y trabajan juntos al servicio de los pobres, los desamparados y los hambrientos. Como Pastor, el Papa Francisco nos guió por medio de una serie de pláticas y homilías en Filadelfia hablándonos de la realidad de la vida familiar y de los retos reales presentes en nuestro siglo XXI.

Además, quien podría olvidar la forma en que abrazaba a tantos y tantos niños que le traían a su papamóvil, el abrazo que le dio a la niña en silla de ruedas en el pasillo central de la Catedral Saint Patrick. Siempre recordaremos el momento en que recibió amablemente a una niña en una calle en Washington, D.C., quien le entregó una carta escrita por su propia mano donde le pedía al papa que intercediera para que sus padres migrantes pudieran disfrutar la ciudadanía en "la tierra de la libertad y el hogar de los valientes".

A lo largo de su viaje a este país, el Santo Padre nos mostró con palabras y hechos el rostro humano de la divina misericordia; la misericordia que siempre nos es dada a todos y cada uno de nosotros a través de Dios Padre, Dios Hijo y Dios Espíritu Santo, en quien “vivimos, nos movemos y existimos" (He 17,28). La claridad de los discursos del papa y la sutil percepción pastoral en sus homilías, siempre estuvieron combinadas con su trato amable, cortés y humilde. No hubo un ejemplo más conmovedor que cuando se reunió con los indigentes y hambrientos en las afueras de la Iglesia Saint Patrick en Washington, D.C. A lo largo de su papado, el Papa Francisco ha sido siempre un modelo de integridad – siempre avalando sus palabras con sus obras (véase Mt 7,21.24-29, MV n. 12). Él siempre ha sido y sigue siendo un Santo Padre.

El ofrecer misericordia no comenzó ni terminó en un viaje papal. Ofrecer misericordia y personificarla es una característica clave de Dios mismo. La Misericordia de Dios que lo abraza todo inició antes de todos los siglos. Mientras tanto, el Papa Francisco ha anunciado que a partir del 8 de diciembre de 2015 (Solemnidad de la Inmaculada Concepción) y hasta el 20 de noviembre de 2016 (Solemnidad de Nuestro Señor Jesucristo, Rey del Universo) celebraremos el Jubileo Extraordinario de la Misericordia. Él nos invita a vivir una fe autentica en la Iglesia cuando reconozcamos y proclamemos la misericordia y acerquemos a las personas a nuestro Salvador, la fuente de misericordia para todos nosotros (MV, 1).

El propósito de esta carta es invitarlos a que juntos reflexionemos en lo que estos próximos meses pueden representar para nosotros para que seamos capaces de apreciar que la misericordia está al centro de la relación de Dios con nosotros y que debe estar al centro de nuestras relaciones con el prójimo y todo el universo.

Jesús.

Con las palabras "Jesucristo es el rostro de la misericordia del Padre" (MV, 1), el Santo Padre comienza su carta acerca del Año Santo y afirma que con estas palabras se puede resumir la fe Cristiana. ¿Por qué? Dicho de manera sencilla, esta frase significa que desde toda la eternidad Dios ha deseado y actuado para que podamos vivir aquí en la tierra y regresar a él para vivir en perfecta armonía con Él, el prójimo y toda la creación por toda la eternidad. El papa nos recuerda el relato bíblico del pecado de Adán y Eva, su desobediencia y destierro del Jardín del Edén (MV, 3). El resultado de la acción de nuestros primeros padres significa que cada uno de nosotros nace en la familia humana asumiendo la condición humana y alejado de Dios. Sin embargo, ese destierro sería temporal. El comienzo de la verdadera y plena reconciliación con Dios comenzó cuando el Padre envió al Hijo para restaurar lo que estaba perdido. La desobediencia de Adán trajo la separación de Dios. La obediencia de Cristo, el segundo Adán, comenzó el proceso de reconciliación y restauración.

Al reflexionar acerca de nuestro lugar en el mundo, en términos personales y comunales, sabemos muy bien que somos imperfectos, que las relaciones entre las naciones son imperfectas y que la ayuda que necesitamos sólo puede venir de Dios. El auxilio de Dios – este auxilio que conocemos como Misericordia de Dios  – establece y confirma el sentido de paz en el mundo.

Empiezo citando estas palabras del Santo Padre para enfatizar que la "misericordia" es menos un concepto y más una forma de entender nuestra relación con Dios como Padre, Hijo y Espíritu Santo, y especialmente para entender quién es Jesús. Cuando recordamos que Jesús es el rostro de la Misericordia de Dios  también podemos decir que Jesús es el rostro de la justicia de Dios, de la paz de Dios y de la reconciliación de Dios. En efecto, de lo que estamos hablando en este Año Santo es de nuestra relación con Cristo el Hijo de Dios, humano y divino y de cómo nosotros, en nuestra humanidad, experimentamos la divinidad a través de, con y en Cristo. Esta es la llave que abre el verdadero significado de la Navidad. Desde el quinto siglo en adelante, los Cristianos han escuchado y orado esta plegaria en la Misa del Día de Navidad:

Dios nuestro, que de modo admirable creaste al hombre
a tu imagen y semejanza, y de modo más admirable
lo elevaste con el nacimiento de tu Hijo,
concédenos participar de la vida divina de aquel
que ha querido participar de nuestra humanidad.

(del Papa León Magno, Oración Colecta, Día de Navidad)

También vale la pena recordar que el Papa Francisco es un Jesuita, un miembro de la Sociedad de Jesús. Por lo tanto, no nos sorprende que hable con tanta familiaridad y frecuencia acerca de Jesús y nuestra relación con Él y el prójimo. Es importante recordar que la palabra "Jesús" literalmente significa "el que salva". Es evidente que el Papa Francisco quiere que todos nosotros experimentemos la plenitud de Dios a través de Jesús una y otra vez. Jesús es el rostro encarnado de Dios. Este es un tema central en las enseñanzas, oraciones y acciones del Papa Francisco. El profundo misterio del Verbo hecho carne se repite cada vez que juntos recitamos el Credo Niceno en la Misa:

Que por nosotros, los hombres,
y por nuestra salvación, bajó del cielo,
y por obra del Espíritu Santo
se encarnó de María, la Virgen,
y se hizo hombre.

El Santo Padre se refiere frecuentemente a la Encarnación – la naturaleza divina del Hijo de Dios unida a la naturaleza humana de Jesucristo como principio central de nuestra fe. Este término es realmente un resumen de gran parte de la oración y espiritualidad de inspiración Jesuita del Papa Francisco. Dicha espiritualidad encarnada estuvo presente en la Misa de Navidad (Misa de Medianoche) del año pasado en la Basílica de San Pedro en Roma, cuando el Papa Francisco pidió que la Misa de Mozart en C menor, fuera utilizada como escenario para el Credo. Esta no es solo una de sus piezas musicales favoritas, sino que también pone gran énfasis en la frase et incarnatus est, "fue encarnado..." El Santo Padre se arrodilló seguido de la congregación durante esta parte del Credo para escuchar y meditar en el verdadero misterio de la Navidad.

Esta frase favorita del Papa Francisco, et incarnatus est, puede ser considerada como una base para la profunda afirmación que "Jesus es el rostro de la misericordia del Padre" (MV n. 1) este Año Santo.

¿Por qué Catolicismo?

Esta pregunta puede sonar extraña en una carta que viene de un obispo Católico. Estudios recientes sobre las tradiciones de fe y prácticas religiosas indican que hay un incremento en el número de personas que dicen ser "espirituales, pero no religiosas" y "creyentes, pero no vinculadas a una profesión de fe”. En el más reciente estudio del Centro de Investigación Pew, el porcentaje más elevado en términos de auto identificación religiosa es "ningunos", los que no pertenecen a (“ninguna”) afiliación o preferencia religiosa. Además, dependiendo de los resultados de la encuesta, se afirma que por cada persona que entra a la Iglesia en un año (especialmente durante la Pascua) tres o cuatro (o más) salen. Esto significa que tenemos que enfrentar la posibilidad de una crisis en la membresía de la Iglesia y no enterrar la cabeza en la arena.

Poniéndolo de otra manera, tenemos que preguntarnos ¿qué significa ser Católico y cuáles son los dones que trae el Catolicismo al diálogo ecuménico e interreligioso?

Permítanme mencionar dos cosas. La primera se refiere a que nuestros Católicos sean “espirituales y religiosos”. La palabra religión proviene del latín ligare, que significa "unir". Como Católicos lo que nos une es nuestro sistema de creencias y prácticas. La religión Católica es una tradición teológica donde reflexionar en las cuestiones actuales y aceptarlas es parte integral de nuestra identidad. Esto significa que acogemos un debate sincero, basado en los fundamentos de la revelación en las Sagradas Escrituras, así como en las enseñanzas y predicación del magisterio de la Iglesia. Una de las características del Catolicismo es el hacer preguntas en el contexto de la fe y encontrar siempre nuevas percepciones. En efecto somos "espirituales y religiosos" porque el Catolicismo es una religión teológica inquisitiva.

El segundo punto que menciono es que los Católicos somos "creyentes y estamos vinculados a una profesión de fe”. Desde la época de Abraham y Sara en el libro de Génesis hasta el momento en que Cristo derrama su sangre por nuestra salvación, la evidencia bíblica es que pertenecemos a una religión de alianza cuyo fundamento es la pertenencia mutua en una comunidad, creyendo y adorando juntos a Dios. Subrayo que de la misma manera, la celebración de la sagrada liturgia es el corazón de nuestra vida de oración comunitaria en la que los ritos y oraciones tienen enorme importancia y significado teológico y espiritual. Como nos lo recuerda el papa, dependemos de la mediación de la comunidad eclesial para vivir nuestras vidas de fe, especialmente cuando celebramos los sacramentos (MV n. 22). Además, el antiguo refrán "lo que oramos es lo que creemos" (lex orandi, lex credendi) significa que entre más comprendamos y apreciemos la liturgia, más podremos experimentar la profundidad infinita de la riqueza y sabiduría de Dios. La oración litúrgica no es algo que nosotros nos inventamos. La Iglesia nos la proporciona. Nuestra celebración de la liturgia nos incorpora como comunidad, una y otra vez, en los misterios salvíficos de Cristo que fueron instituidos "para el perdón de los pecados" (Mt 26,28 y como lo escuchamos en todas las plegarias eucarísticas durante la Misa).

En el Catolicismo, las palabras en las Sagradas Escrituras, las de los gigantes teológicos como San Agustín y Santo Tomás Aquino y las de nuestro magisterio son de gran importancia. Asimismo, en el Catolicismo, las palabras y los ritos de la liturgia tienen gran importancia. Y tanto la teología como la liturgia reflejan nuestro ser espiritual y religioso como creyentes y como personas vinculadas a una profesión de fe.

Perdón, Salvación, Redención.

Como Católicos, en nuestra enseñanza, tradición litúrgica y oración personal, a menudo utilizamos las palabras "misericordia", "perdón", "salvación" y "redención" para describir lo que le pedimos a Dios por haber heredado el "pecado original" de Adán y Eva, ocasionando nuestra separación de Dios y nuestra necesidad de Dios y de unión con Dios. Pedimos estas cosas debido a la inquietud del corazón humano. Como San Agustín dijo en su famosa plegaria, "estamos hechos para ti, Oh Dios, y nuestros corazones están inquietos hasta que descansen en ti".

Teológicamente, como Católicos, utilizamos las palabras "perdón" y "misericordia" como una forma de describir quién es Cristo como el segundo Adán. Al mismo tiempo, el Santo Padre está muy consciente (al igual que lo estuvo San Juan Pablo II en su encíclica Dives in Misericordia) que en la cultura actual muchas personas creen que no necesitan la Misericordia de Dios. Viven en una cultura "Yo estoy bien", “tu estas bien”, “todo está bien” donde se culpa al otro de cualquier falla, o peor aún, ni siquiera se siente o se reconoce dicha falla. En este Año Santo Extraordinario de la Misericordia, el Papa Francisco nos invita a “escuchar la Palabra de Dios” (MV n. 13) para que seamos conscientes de nuestra necesidad de misericordia y confiemos en la Misericordia de Dios. En el espíritu del Papa Francisco, los invito a leer y reflexionar (en la antigua forma de oración bíblica conocida como lectio divina) en la Carta a los Romanos 12, 1-21, que para mí siempre ha sido un examen de conciencia muy útil hacia una fructífera experiencia de recibir la Misericordia de Dios en el Sacramento de la Penitencia. Es difícil que al orar con el capítulo 12 de la Carta a los Romanos no reconozcamos el pecado y la imperfección al apreciar y experimentar el amor misericordioso de Dios mostrado en toda la Carta a los Romanos. O como nos dice la Carta a los Efesios, Dios es “rico en misericordia” (Ef 2,4), las primeras palabras de San Juan Pablo II en su encíclica Dives in Misericordia.

Luego viene el tema de perdonar a otros – setenta veces siete (Mt 18,22), cuando el Papa Francisco nos recuerda los versículos que nos llevan hasta la parábola del siervo despiadado (Mt 18,23-35; MV n. 9). Tan rico en misericordia y perdón como el Dios en quien creemos, a veces en nuestras vidas destrozadas y frágiles, nosotros pedimos perdón, pero no podemos perdonar a los demás. A veces estas heridas del corazón humano son tan profundas y tan dolorosas que literalmente ponemos oídos sordos e ignoramos a las personas que nos han ofendido para poder sobrevivir. A veces es doloroso oir “perdona y olvida”. Decir “yo puedo perdonar pero nunca podré olvidar” es realmente un mecanismo de defensa, o aun peor, un autoengaño. En ocasiones cuando nos han lastimado demasiado y no fue nuestra culpa, que es casi siempre el caso, pedir el perdón que lleva a la reconciliación es lo último que creemos que podemos hacer. El tema tan real del abuso es un ejemplo de este tipo de violación con efectos permanentes. Nos resulta muy difícil querer reconciliarnos con quien o quienes nos han lastimado. Las palabras del Padre Nuestro, “perdona nuestras ofensas como nosotros perdonamos a los que nos ofenden” a veces pueden ser casi impronunciables.

Cuando hablo con las personas acerca de lo difícil que se les hace perdonar, les digo que es muy cierto que no es fácil perdonar. El verdadero perdón requiere de una profunda conversión y una entrega cada vez más profunda a Dios. También les digo que si no perdonamos estamos tomando la decisión de vivir en el pasado. El dolor está tan presente como en el momento en que ocurrió, no importa cuánto tiempo haya transcurrido. Es de gran importancia que casi todas nuestras liturgias contengan la recitación comunitaria del Padre Nuestro, “perdónanos... como nosotros perdonamos”. Esas palabras son tanto consoladoras como desafiantes. En la sabiduría de la Iglesia decimos esta oración varias veces al día en los sacramentos y en otras oraciones (como el Rosario). Las repetimos intencionalmente porque perdonar de corazón es realmente difícil y el perdón solo es posible con la ayuda divina y el apoyo de otros, especialmente en la Iglesia. A menudo les aconsejo que hagamos una pausa antes de rezar el Padre Nuestro durante la Misa y reflexionemos en estas palabras: Necesito que el Señor me ayude a ser capaz de perdonar y alcanzar la profundidad del perdón que me permita vivir plenamente en el presente  y en gozosa esperanza para el futuro. A menudo se dice que la “gracia barata” no existe porque la gracia nos vino del sacrificio de la vida de Jesús. También es cierto que el “perdón barato” no existe. El perdón verdadero tiene que venir desde el corazón y el alma de nuestro propio ser.

Además de las palabras “misericordia” y “perdón”, en la teología Católica y la sagrada liturgia hay otras dos palabras que utilizamos para entender quién es Cristo y lo que pedimos de Dios. Estas palabras son utilizadas con más frecuencia durante los tiempos litúrgicos de Adviento y Navidad.

La primera palabra es “salvación”. Este término es una metáfora sanadora e indica que nuestro Salvador viene a sanarnos de cualquier dolor o cualquier cosa que no nos deja ser mejores y más auténticos. El Papa Francisco nos dice una y otra vez que debemos confiar y tener la plena seguridad que Él nos dará “la medicina de la misericordia”, una frase que toma del Papa San Juan XXIII. Al decir esto, el Papa Francisco está en armonía con una larga tradición de maestros de la fe Católica, quienes destacaron que los sacramentos eran medicinas para actuar como antídotos de lo que nos enferma espiritualmente.

Durante el Adviento le pedimos a Dios que nos envíe un Salvador, no porque Cristo nuestro Salvador esté ausente, sino porque necesitamos abrirnos nuevamente a recibirlo y a recibir su gracia salvadora. En la fiesta de Navidad escuchamos el evangelio de San Lucas anunciando una vez más, “Hoy nos ha nacido un Salvador, Cristo el Señor” (Lc 2,11). El “hoy” se refiere al término latino hodie que significa que lo que experimentamos en y a través de la liturgia sucedió una vez en la historia de la humanidad y continúa haciéndolo a través de toda la historia humana y es celebrado de una manera privilegiada y única en el ciclo anual de fiestas y tiempos. O como el Papa León Magno expresó, “lo que era visible en nuestro Salvador ha pasado a sus misterios” (citado en el Catecismo de la Iglesia Católica n. 1115).

La otra palabra es “redención”. Este término es una metáfora que indica que lo que Cristo hizo y sigue haciendo es “canjear” lo que alguna vez se perdió en el Jardín del Edén y que está perdido en nuestras vidas debido a la desobediencia, el egoísmo, el derroche de los recursos del mundo y la falta de caridad con el prójimo. Acompáñenme mientras recordamos con cariño las enseñanzas y ejemplo del Papa San Juan Pablo II cuya primera encíclica fue Redemptor Honimis, Cristo “el redentor de la raza humana”. San Juan Pablo II escribió en repetidas ocasiones acerca de cómo Cristo vino a redimirnos, a santificarnos y a advertirnos, una y otra vez, “no tengan miedo” (Mt 14,27). Qué modo tan esperanzador de considerar nuestras vidas ante Dios, con nuestro prójimo y en nuestra “casa común”, la tierra misma que habitamos (citando una vez más el título de la encíclica sobre el medio ambiente del Papa Francisco). La oración litúrgica durante el Adviento está llena de referencias pidiendo a nuestro redentor venga una vez más a morar entre nosotros. En el Primer Domingo de Adviento escuchamos al sacerdote rezar sobre las ofrendas:

Acepta, Señor, estas ofrendas
que hemos tomado de tus mismos dones,
y concédenos que esta Eucaristía que estamos celebrando,
nos alcance la salvación eterna.

Esto es un recordatorio de que lo que experimentamos en la tierra llegará a la plenitud en el cielo. Mientras tanto, durante la Misa nocturna de Navidad, escuchamos en la plegaria después de la Comunión:

Tú, Señor, que nos has concedido el gozo
de celebrar esta noche el nacimiento de tu Hijo,
ayúdanos a vivir según su ejemplo
para llegar a compartir algún día con él la gloria de su Reino.

Todo esto se resume en la famosa “Oración de Jesús”: “Señor Jesucristo, Hijo de Dios, ten piedad de mí, pecador”. Aquí imploramos a la segunda persona de la Trinidad. Lo aclamamos como “Señor Jesucristo” porque Él ha ascendido a la derecha del Padre e intercede en el cielo por nosotros y por todas nuestras necesidades. Suplicamos “ten misericordia de nosotros” llenos de confianza que Dios siempre quiere relacionarse con nosotros a través de la gracia sobreabundante para ayudarnos a superar los efectos del pecado original - nuestra separación de Dios - y de nuestros pecados personales.

La justicia de Dios es su perdón (MV 20).

Al comienzo de la mayor parte de los eventos deportivos en los Estados Unidos y sin duda al inicio de las sesiones de nuestras legislaturas recitamos el Juramento de Lealtad, el cual termina con las palabras “con libertad y justicia para todos”. Frecuentemente se dice que somos una nación de leyes. Nuestro sistema legal debe brindar “libertad y justicia para todos”, a pesar que puede ser un sistema defectuoso, que la justicia puede no ser igual “para todos” y que pueden llegar a cometerse equivocaciones. Sin embargo, la justicia es finalmente impartida por tribunales con los que estamos agradecidos y con los que estamos en deuda. Como lo afirma el Papa Francisco, “la justicia es un concepto fundamental para la sociedad civil cuando, normalmente, se hace referencia a un orden jurídico a través del cual se aplica la ley. Con la justicia se entiende también que a cada uno se le debe dar lo que le es debido” (MV n. 20). Posteriormente él afirma que “quien se equivoca deberá expiar la pena. Solo que este no es el fin, sino el inicio de la conversión, porque se experimenta la ternura de la Misericordia de Dios" (MV n. 21).

En seguida, el papa aborda la relación entre la justicia y la misericordia (MV nn. 20-21). El Santo Padre nos dice que la justicia y la misericordia no son realidades que se contradicen, sino una sola realidad que culmina en la plenitud del amor. Con respecto a la revelación en el Antiguo Testamento nos dice, “En estos pasajes, la justicia es entendida como la observación integral de la ley y como el comportamiento de todo buen israelita conforme a los mandamientos dados por Dios. Esta visión, sin embargo, ha llevado muchas veces a caer en el legalismo, falsificando su sentido original y oscureciendo el profundo valor que la justicia tiene. Para superar la perspectiva legalista, es necesario que recordemos que en la Sagrada Escritura la justicia es esencialmente considerada un abandonarse lleno de confianza a la voluntad de Dios”. El papa continua, “Por su parte, Jesús habla muchas veces de la importancia de la fe, más bien que de la observancia de la ley. Es en este sentido que debemos comprender sus palabras cuando estando en la mesa con Mateo y otros recaudadores de impuestos y pecadores, dice a los fariseos que le replicaban: ‘Vayan y aprendan qué significa: Yo quiero misericordia y no sacrificios. Porque yo no he venido a llamar a los justos, sino a los pecadores’” (Mt 9,13).

Para mí, una de las parábolas más conmovedoras de Jesus es la de los trabajadores de la viña (Mt 20,1-16) quienes reciben el mismo salario sin importar que cada uno de ellos llegara a trabajar a diferente hora del día. Esto parece ir en contra de nuestra noción habitual de igualdad, y aún menos de justicia. Pero lo conmovedor de la parábola es que es una perfecta expresión de la justicia bíblica, la cual siempre está influenciada por la misericordia.

Una Cuaresma Llena de Misericordia

El papa se enfoca en dos pasajes bíblicos muy importantes acerca de la misericordia, los cuales son textos claves utilizados en la liturgia Cuaresmal del año próximo - Isaías 58, 9b-14 entre semana (222) y el domingo (73) y también Lucas 15, 1-32 (solamente durante el Ciclo C). Quiero que todos tengamos una Cuaresma llena de misericordia, que es lo que la Cuaresma siempre celebra, pero que se enfatizará especialmente este Año Jubilar de la Misericordia. Permítanme ofrecer algunas reflexiones acerca de estos y otros de los textos que serán utilizados esta Cuaresma como una especie de lectio divina para que nos ayuden a prepararnos para esta temporada de misericordia y conversión.

Miércoles de Ceniza

La primera lectura, tomada del profeta Joel (2,12-18), nos recuerda cada año que estamos entrando en una temporada de misericordia:

Desgarren su corazón y no sus vestiduras,
y vuelvan al Señor, su Dios,
porque él es bondadoso y compasivo,
lento para la ira y rico en fidelidad,
y se arrepiente de tus amenazas (v. 13).

Esta lectura va seguida del Salmo Responsorial, Salmo 51 que se utiliza regularmente durante la liturgia de la Cuaresma con el refrán: “Misericordia, Señor, hemos pecado”.

Le sigue el primer versículo del Salmo:

Por tu inmensa compasión y misericordia,
Señor, apiádate de mí y olvida mis ofensas.
Lávame bien de todos mis delitos,
y purifícame de mis pecados.

En el Oficio de las Lecturas del  Miércoles de Ceniza, la Iglesia proclama la misma lectura a la que el Papa se refiere este Año Santo: versículos de Isaías 58 (1-9a y también 9b-14). Especialmente, Isaías 58 es dividido y utilizado como primera lectura para la Eucaristía del viernes y sábado posteriors al Miércoles de Ceniza.

El profeta habla del tipo de ayuno que se enfoca en el ayuno mismo y no hacia lo que el ayuno nos debería llevar. Él nos dice:

Este es el ayuno que yo amo:
soltar las cadenas injustas,
desatar los lazos del yugo,
dejar en libertad a los oprimidos
y romper todos los yugos;
compartir tu pan con el hambriento
y albergar a los pobres sin techo;
cubrir al que veas desnudo
y no despreocuparte de tu propia carne (6-7).

Si eliminas de ti todos los yugos,
el gesto amenazador y la palabra maligna;
si ofreces tu pan al hambriento
y sacias al que vive en la penuria,
tu luz se alzará en las tinieblas
y tu oscuridad será como al mediodía (9-10).

Al escuchar una vez más estas palabras es difícil no recordar el ejemplo que el Papa Francisco nos da una y otra vez acerca del cuidado de los pobres, los indigentes, los hambrientos, los inmigrantes, aun en la misma ciudad de Roma. Él a menudo nos recuerda mirar a los rostros de los pobres y ver en ellos el rostro de Cristo mismo. Él nos enseña lo que la Madre Teresa enseñó a sus hermanas, que cuando bañas el moribundo, estás bañando al mismo Cristo. Estas acciones hacen reales las obras corporales de misericordia que el Papa resume como las acciones más importantes en las que debemos involucrarnos hasta convertirlas en algo habitual, especialmente durante este Año Santo (MV n. 15). Esto me recuerda la labor ejemplar realizada por Caridades Católicas, por los miembros de la sociedad de San Vicente de Paul, por muchos de nuestros diáconos permanentes y por tantos ministros parroquiales que trabajan por la justicia social y que hacen realidad en nuestras diócesis las obras corporales de misericordia. Entre las obras espirituales de misericordia que el Papa nos invita a realizar, los siguientes son particularmente conmovedoras y pertinentes para la temporada de Cuaresma: consolar al triste, perdonar las ofensas, soportar con paciencia las personas molestas, rogar a Dios por los vivos y por los difuntos (MV n. 15).

Tercer, Cuarto, y Quinto Domingos de Cuaresma

El otro pasaje bíblico al que se refiere el Santo Padre es la parábola del hijo/padre pródigo, Lucas 15, 11-32. Este texto tan conmovedor del Evangelio es conocido por todos nosotros debido a su uso en los servicios penitenciales y a su recurrencia en la liturgia de la Cuaresma, concretamente el Cuarto Domingo de Cuaresma en las lecturas del ciclo “C”. Así que será proclamada la próxima Cuaresma junto con otros dos textos que nos hablan sobre la Misericordia de Dios  el tercer y quinto domingos.

Tercer Domingo -- Lucas 13,1-9 11

Esta parábola nos habla una vez más cómo la forma de obrar de Dios va en contra de nuestro modo de ser. En este texto, la parábola pone a un lado la forma típica humana de ver las cosas y actuar. El dueño del jardín ordenó al viñador cortar una higuera que no dio fruto durante tres años. Lo cual tiene mucho sentido. Sin embargo, el viñador le pide al hombre que permita que el árbol permanezca un año más y reciba atención especial. Una vez más, la paciente Misericordia de Dios  echa por la borda las expectativas habituales.

Cuarto Domingo – Lucas 15,1-3. 11-32

Esta conocida parábola a menudo es llamada La Parábola del Hijo Pródigo porque la palabra “pródigo” significa gastar excesiva y exageradamente. Claramente esto es lo que hizo el hijo más joven con su parte de la herencia que le entregó su padre. Sin embargo, la palabra “pródigo” también puede utilizarse para referirse al padre porque cuando el hijo vuelve (como diríamos “él vino a sus sentidos”) el padre gasta excesiva y exageradamente para organizar una fiesta y darle la bienvenida a su regreso a casa. Una de las representaciones más famosas de esta parábola es la pintura de Rembrandt, El Regreso del Hijo Pródigo, (que data de 1661-69). Historiadores de arte y expertos han observado que  al representar el abrazo del padre al hijo, la forma y tamaño de las manos del padre son ligeramente diferentes. La mano izquierda es un poco más grande y rozagante que la mano derecha, la cual es más pequeña y suave. Algunos historiadores de arte sostienen que la mano izquierda es la mano de la “justicia” y la mano derecha es la mano de la “misericordia”. Para nuestros propósitos durante este Año Santo podemos pensar en esto como Dios abrazándonos con el principio de la justicia y la medicina de la misericordia, que siempre van de la mano.

En esta misma pintura, Rembrandt representa al hijo mayor a la derecha siendo testigo del abrazo, pero obviamente impasible y posiblemente severo. Esto refleja lo conmovedor del texto bíblico: al acercarse al final, el hijo mayor protesta la reconciliación recordando a su padre todo lo que él hizo quedándose en casa y trabajando para él. El padre suplica que el hijo mayor “celebre y se alegre” (v. 32) porque su hermano estaba “muerto y ha vuelto a la vida” (v. 32). Aquí es donde termina el pasaje del Evangelio. Algunos han llamado este verso el más triste en el Nuevo Testamento. Nosotros nunca sabemos si hubo una reconciliación, ni tampoco si el padre y sus dos hijos compartieron un banquete llenos de alegría.

Una vez más cito al Santo Padre cuando aplica la actitud del padre en esta parábola al Sacramento de la Penitencia, especialmente en su consejo a los confesores: “…un padre que corre al encuentro del hijo sin importarle que hubiera dilapidado sus bienes. Los confesores están llamados a abrazar ese hijo arrepentido que vuelve a casa y a manifestar la alegría por haberlo encontrado. No se cansarán de salir al encuentro también del otro hijo que se quedó afuera, incapaz de alegrarse, para explicarle que su juicio severo es injusto y no tiene ningún sentido ante la misericordia del Padre que no conoce límites. No harán preguntas impertinentes, sino como el padre de la parábola interrumpirán el discurso preparado por el hijo pródigo, porque serán capaces de percibir en el corazón de cada penitente la invocación de ayuda y la súplica de perdón. En fin, los confesores están llamados a ser siempre, en todas partes, en cada situación y a pesar de todo, el signo del primado de la misericordia” (MV n. 17).

Quinto Domingo – Juan 8,1-11.

Este texto es llamado con frecuencia “la mujer sorprendida en adulterio,” basado en el versículo 5, el cual refiriéndose a la ley de Moisés nos dice “apedrear a esta clase de mujeres” (Jn 8,5). De hecho podría llamarse “la mujer que es públicamente humillada y carga su culpa y la del hombre” porque en otros textos, tanto la mujer como el hombre, deben ser sentenciados a muerte (Lev 20,10; Dt 22,22-24). La estricta interpretación de la ley de Moisés es que la mujer debe ser asesinada. Cuando se le pide su veredicto, Jesús simplemente escribe en el suelo con el dedo e ignora la pregunta. Luego les dice, “el que no tenga pecado, que arroje la primera piedra” (v. 7). Cuando se incorporó, la mujer le dijo que nadie la había condenado, a lo cual Jesús le dijo: “Yo tampoco te condeno. Vete, no peques más en adelante” (v.11).

Una vez más es la pintura de Rembrandt, La Mujer Sorprendida en Adulterio, la que nos ofrece una profunda percepción de este texto. Las dos figuras que destacan son Jesús y la mujer. Jesús porque es representado más alto que el público acusador, y la mujer, porque pintada de blanco, resalta sobre un fondo muy oscuro. Los historiadores de arte dirán que la estatura de Jesús muestra su superioridad moral al ser comparada a la de los “escribas y fariseos”, quienes eran los acusadores. El hecho de que la mujer fuera ilustrada en blanco muestra que la oscuridad de la (antigua) ley necesita reflejar la luz de Cristo en todos para que, al igual que la mujer, reciban su luz de perdón y luego irradien esa luz.

Cabe destacar que “los escribas y los fariseos” de este texto se combinan con los “escribas y fariseos” al igual que los “recaudadores de impuestos y pecadores” del principio de la parábola del hijo pródigo (Lc 15,1-2). Los invitados especiales - recaudadores de impuestos y pecadores - son los excluidos de la sociedad. Ellos, normalmente marginales, ahora están al centro de la escena. Los “escribas y fariseos,” maestros de la ley, son considerados como quienes más necesitan recibir la instrucción acerca de la justicia de Dios, que el Papa Francisco nos recuerda una vez más, es su misericordia (MV n. 20).

No Juzguen ni Condenen.

Como lo esperábamos de él, el Papa Francisco puede ser muy directo en lo que dice y muy pastoral en lo que aconseja. En la carta anunciando el Año de la Misericordia nos recuerda las palabras de Jesús, “no juzguen y no serán juzgados; no condenen y no serán condenados” (Lc 6,37). Esto parece muy sencillo. Pero como bien sabemos por experiencia, a veces no lo es. Uno de los siete pecados capitales, descritos desde la Iglesia Primitiva en adelante es la envidia, cuyo complemento son los celos. La envidia y los celos se manifiestan en chismes. Cuando chismeamos hablamos mal de otras personas y algunas veces, incluso, dañamos su reputación.

No existe el chisme “inocente”. Todo el chisme es letal. Es la manifestación clave de la envidia y los celos. Pero fundamentalmente la envidia y los celos significan que no nos aceptamos a nosotros mismos tal y como somos, con nuestros dones, talentos y habilidades, como Dios nos ha creado. Esta falta de aceptación propia significa que, en efecto, pecamos contra Dios porque negamos que exista en nosotros mismos la imagen y semejanza de Dios.

Otro aspecto de expresar un juicio o condena es que nunca podemos retractarnos. Una vez que decimos o escribimos algo (muy a la mano en el Internet y el mundo de la “mensajería instantánea”), ésto no se pueden retirar. Expresar una palabra de juicio o condena es promulgar una injusticia y emitir una condena. Dado el hecho de que nunca podemos borrar correos electrónicos completamente (con las herramientas adecuadas alguien puede encontrarlos) esas palabras nunca desaparecen. Entre los que practican fielmente la religión, puede haber una tendencia a participar en la peor forma de chisme, es decir, juzgar las prácticas religiosas de otros. Un ejemplo público es chismear acerca de quién debe recibir la Comunión en la Misa. Nunca nadie debe decidir lo que otra persona debe hacer. A menudo desconocemos los detalles o los consejos que otros han recibido de un sacerdote acerca de su estado ante Dios o de la forma en que practican la fe Católica.

Con sabia ternura el papa aconseja que durante este Año de Misericordia debemos redescubrir “el valor del silencio para meditar la Palabra que se nos dirige” (n. 13). De la misma manera quiero invitarlos a redescubrir que el silencio puede ser una importante medicina preventiva para que no chismeemos, juzguemos o condenemos.

Una vez aprendí el valor monástico del silencio de un sabio maestro de novicios Benedictinos. Explicaba por qué San Benito (así como otros fundadores monásticos) puso tanto valor en el silencio en el monasterio, entre la comunidad y con los visitantes. Una de las razones es que el monje debe estar abierto a escuchar a Dios hablarles en cualquier momento y como una forma de orar sobre las cosas que ellos descubren en la lectio divina. Pero luego me dijo que otra razón es la caridad. ¿Por qué? Porque es probable que en el monasterio todo el tema de conversación de los monjes sean los otros monjes. Demasiado a menudo, los comentarios acerca de los otros monjes son simplemente chismes.

Un silencio cultivado durante este Año Jubilar de la Misericordia bien podría ayudarnos a aceptarnos a nosotros mismos y a confiar en la persona en la que Dios nos ha creado y quiere que seamos. Cuanto más aceptemos el amor de Dios al crearnos, menos necesitaremos hablar, juzgar o condenar a los demás.

Un Año Extraordinario.

El hecho que el Papa Francisco haya descrito estos próximos meses como “el Jubileo Extraordinario de la Misericordia” significa que este tiempo no debe ser “como cualquier otro”, sino que debe ser extra-ordinario de muchas maneras. El Papa nos muestra esto al hablarnos de las ceremonias en Roma al abrir la “Puerta Santa” en la Basílica de San Pedro el 8 de diciembre y las de la Basílica de San Juan de Letrán, la iglesia catedral de Roma, el Tercer Domingo de Adviento (MV 3). El hecho que estas puertas estén cerradas con ladrillo y cemento, con excepción de los Años Santos, quiere decir que cuando están abiertas más gente puede entrar a la basílica y hacer ahí lo que hacen los peregrinos: orar juntos, celebrar los sacramentos y estar en silencio en presencia del Señor. Durante este particular Año Jubilar de la Misericordia estas puertas serán llamadas las “Puertas de la Misericordia”.

En la Diócesis de Dallas, yo he elegido designar una “Puerta Santa”, una “Puerta de la Misericordia” en la Catedral Santuario de Nuestra Señora de Guadalupe. Los peregrinos que pasen por esta Puerta recibirán una Indulgencia Plenaria al cumplir los requisitos de este precioso don de la Iglesia. La Puerta será designada oficialmente durante la Misa de mediodía del domingo, 13 de diciembre del 2015.

El papa también habla de enviar “Misioneros de la Misericordia” (MV n. 18), confesores quienes extenderán la Misericordia de Dios mediante el Sacramento de la Penitencia, el cual nos lleva a reconciliarnos con Dios, con el prójimo y con toda la creación. En la Diócesis de Dallas, todos los sacerdotes son Misioneros de la Misericordia, por los que les pido que todas las parroquias  ofrezcan más oportunidades para el Sacramento de la Reconciliación. Espero que todas las parroquias cuenten con Servicios Penitenciales durante este próximo año, ofrezcan tiempos adicionales de confesiones entre semana, organicen y promuevan el programa “La Luz está Encendida para Ti” durante el Adviento y la Cuaresma y promuevan la iniciativa “Ven a Casa Esta Navidad”.

Instrucciones de las Obras Corporales y Espirituales de Misericordia debe ser el tema de homilías, grupos de estudio y plan de estudios en las escuelas parroquiales y programas de Educación Religiosa. Planificadores de la Liturgia deben incluir peticiones que destaquen la Misericordia de Dios en la oración de los fieles.

El Papa Francisco habla del valor de la peregrinación para este Año Santo, una costumbre que se deriva de visitar los lugares santos, entre ellos Jerusalén, Belén y Roma. La Diócesis de Dallas designará tiempos especiales durante el Año Jubilar para que las parroquias en cada uno de los decanatos realicen una peregrinación a la Catedral. Se programarán horarios en los que las parroquias lleguen a la Catedral a unirse con otros Católicos en servicios de oración especiales incluyendo la Bendición del Santísimo Sacramento, Lecturas Bíblicas y el Sacramento de la Reconciliación.

Exhorto a los clérigos, especialmente a los párrocos, a organizar el tiempo para una peregrinación parroquial a la Catedral: para experimentar el Sacramento de la Penitencia, para la Exposición Solemne del Santísimo Sacramento y para letanías, oración personal y silencio.  Hay abundantes oportunidades parroquiales e individuales para el Año Jubilar de la Misericordia. También exhorto a todo el Pueblo de Dios que le den la mano, muestren un rostro compasivo y abran los brazos y los corazones llenos de misericordia a los demás por medio de las obras corporales y espirituales de misericordia. Dichas obras deben ser nuestra costumbre y nuestra forma de vida renovada, una forma de vivir la misericordiosa.

Con respecto a las personas de otras iglesias y tradiciones religiosas, el Papa Francisco nos dice, “Este Año Jubilar vivido en la misericordia pueda favorecer el encuentro con estas religiones y con las otras nobles tradiciones religiosas; nos haga más abiertos al diálogo para conocernos y comprendernos mejor; elimine toda forma de cerrazón y desprecio, y aleje cualquier forma de violencia y de discriminación” (MV 23). Este es uno de los requisitos del Concilio Vaticano Segundo que necesita ser revisitado.

Conclusión

Me gustaría invitarlos a tomar muy en serio este Año Extraordinario de la Misericordia y permitir que la Misericordia de Dios  renueve y revitalice su fe y la fe de todos nosotros en la Diócesis de Dallas. Me siento muy honrado que cada día mi nombre sea pronunciado durante la oración Eucarística en la Misa junto al del Santo Padre. Permítanme citar las palabras del Papa cuando repite una y otra vez, “recen por mí”. Confío que rezarán por mí durante cada Misa sabiendo que al pronunciar mi nombre en realidad es mi ministerio entre ustedes y toda la diócesis el que es elevado en dicha oración.

Sepan que durante este Año Extraordinario de la Misericordia haré una pausa cada vez que rece el Padre Nuestro durante la Misa, la Liturgia de las Horas y cuando celebre cualquier sacramento para recordar que la palabra “Nuestro” en el “Padre Nuestro” se hace palpable y real con ustedes como compañeros peregrinos en la Diócesis de Dallas y que los tendré presentes en la mente y el corazón. Gracias por todo lo que son y lo que hacen.

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