Catholic Diocese of Dallas

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En Español - Fijemos nuestra mirada en Jesús crucificado

Let us gaze on the crucified Jesus

Publish date: Friday, April 18, 2014

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ADDRESS OF HIS HOLINESS POPE BENEDICT XVI
AFTER THE STATIONS OF THE CROSS AT THE COLOSSEUM

Palatine Hill
Good Friday, 22 April 2011

Dear Brothers and Sisters,

This evening, in faith, we have accompanied Jesus as he takes the final steps of his earthly journey, the most painful steps, the steps that lead to Calvary. We have heard the cries of the crowd, the words of condemnation, the insults of the soldiers, the lamentation of the Virgin Mary and of the women. Now we are immersed in the silence of this night, in the silence of the cross, the silence of death. It is a silence pregnant with the burden of pain borne by a man rejected, oppressed, downtrodden, the burden of sin which mars his face, the burden of evil. Tonight we have re-lived, deep within our hearts, the drama of Jesus, weighed down by pain, by evil, by human sin.

What remains now before our eyes? It is a crucified man, a cross raised on Golgotha, a cross which seems a sign of the final defeat of the One who brought light to those immersed in darkness, the One who spoke of the power of forgiveness and of mercy, the One who asked us to believe in God’s infinite love for each human person. Despised and rejected by men, there stands before us “a man of suffering and acquainted with infirmity, one from whom others hide their faces” (Is 53:3).

But let us look more closely at that man crucified between earth and heaven. Let us contemplate him more intently, and we will realize that the cross is not the banner of the victory of death, sin and evil, but rather the luminous sign of love, of God’s immense love, of something that we could never have asked, imagined or expected: God bent down over us, he lowered himself, even to the darkest corner of our lives, in order to stretch out his hand and draw us to himself, to bring us all the way to himself. The cross speaks to us of the supreme love of God and invites, today, to renew our faith in the power of that love, and to believe that in every situation of our lives, our history and our world, God is able to vanquish death, sin and evil, and to give us new, risen life. In the Son of God’s death on the cross, we find the seed of new hope for life, like the seed which dies within the earth.

This night full of silence, full of hope, echoes God’s call to us as found in the words of Saint Augustine: “Have faith! You will come to me and you will taste the good things of my table, even as I did not disdain to taste the evil things of your table... I have promised you my own life. As a pledge of this, I have given you my death, as if to say: Look! I am inviting you to share in my life. It is a life where no one dies, a life which is truly blessed, which offers an incorruptible food, the food which refreshes and never fails. The goal to which I invite you … is friendship with the Father and the Holy Spirit, it is the eternal supper, it is communion with me … It is a share in my own life (cf. Sermo 231, 5).

Let us gaze on the crucified Jesus, and let us ask in prayer: Enlighten our hearts, Lord, that we may follow you along the way of the cross. Put to death in us the “old man” bound by selfishness, evil and sin. Make us “new men”, men and women of holiness, transformed and enlivened by your love.

Source

 

 


Español

Fijemos nuestra mirada en Jesús crucificado

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PALABRAS DEL SANTO PADRE BENEDICTO XVI
AL FINAL DEL VÍA CRUCIS EN EL COLISEO

Palatino
Viernes Santo 22 de abril de 2011

Queridos hermanos y hermanas

Esta noche hemos acompañado en la fe a Jesús en el recorrido del último trecho de su camino terrenal, el más doloroso, el del Calvario. Hemos escuchados el clamor de la muchedumbre, las palabras de condena, las burlas de los soldados, el llanto de la Virgen María y de las mujeres. Ahora estamos sumidos en el silencio de esta noche, en el silencio de la cruz, en el silencio de la muerte. Es un silencio que lleva consigo el peso del dolor del hombre rechazado, oprimido y aplastado; el peso del pecado que le desfigura el rostro, el peso del mal. Esta noche hemos revivido, en el profundo de nuestro corazón, el drama de Jesús, cargado del dolor, del mal y del pecado del hombre.

¿Que queda ahora ante nuestros ojos? Queda un Crucifijo, una Cruz elevada sobre el Gólgota, una Cruz que parece señalar la derrota definitiva de Aquel que había traído la luz a quien estaba sumido en la oscuridad, de Aquel que había hablado de la fuerza del perdón y de la misericordia, que había invitado a creer en el amor infinito de Dios por cada persona humana. Despreciado y rechazado por los hombres, está ante nosotros el «hombre de dolores, acostumbrado a sufrimientos, despreciado y evitado de los hombres, ante el cual se ocultaban los rostros» (Is 53, 3).

Pero miremos bien a este hombre crucificado entre la tierra y el cielo, contemplémosle con una mirada más profunda, y descubriremos que la Cruz no es el signo de la victoria de la muerte, del pecado y del mal, sino el signo luminoso del amor, más aún, de la inmensidad del amor de Dios, de aquello que jamás habríamos podido pedir, imaginar o esperar: Dios se ha inclinado sobre nosotros, se ha abajado hasta llegar al rincón más oscuro de nuestra vida para tendernos la mano y alzarnos hacia él, para llevarnos hasta él. La Cruz nos habla de la fe en el poder de este amor, a creer que en cada situación de nuestra vida, de la historia, del mundo, Dios es capaz de vencer la muerte, el pecado, el mal, y darnos una vida nueva, resucitada. En la muerte en cruz del Hijo de Dios, está el germen de una nueva esperanza de vida, como el grano que muere dentro de la tierra.

En esta noche cargada de silencio, cargada de esperanza, resuena la invitación que Dios nos dirige a través de las palabras de san Agustín: «Tened fe. Vosotros vendréis a mí y gustareis los bienes de mi mesa, así como yo no he rechazado saborear los males de la vuestra… Os he prometido la vida… Como anticipo os he dado mi muerte, como si os dijera: “Mirad, yo os invito a participar en mi vida… Una vida donde nadie muere, una vida verdaderamente feliz, donde el alimento no perece, repara las fuerzas y nunca se agota. Ved a qué os invito… A la amistad con el Padre y el Espíritu Santo, a la cena eterna, a ser hermanos míos..., a participar en mi vida”» (cf. Sermón 231, 5).

Fijemos nuestra mirada en Jesús crucificado y pidamos en la oración: Ilumina, Señor, nuestro corazón, para que podamos seguirte por el camino de la Cruz; haz morir en nosotros el «hombre viejo», atado al egoísmo, al mal, al pecado, y haznos «hombres nuevos», hombres y mujeres santos, transformados y animados por tu amor.

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