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COVID-19 12.9.2019


Solemnity of the Immaculate Conception of the Blessed Virgin Mary
Solemnidad de la Inmaculada Concepción de la Bienaventurada Virgen María

  • English

    SOLEMNITY OF THE IMMACULATE CONCEPTION
    OF THE BLESSED VIRGIN MARY

    POPE FRANCIS
    ANGELUS

    Dear brothers and sisters, good morning!

    Today we celebrate the solemnity of Mary Immaculate, which is situated in the context of Advent, a time of expectation: God will accomplish what He promised. But on today’s feast day we are told that something has already been done, in the person and the life of the Virgin Mary. Today we consider the beginning of this fulfilment, which is even before the birth of the Mother of the Lord. In fact, her immaculate conception leads us to that precise moment in which Mary’s life began to palpitate in her mother’s womb: already there was the sanctifying love of God, preserving it from the contagion of evil that is the common inheritance of the human family.

    In today’s Gospel the Angel’s greeting to Mary resounds: “Greetings, O favoured one, the Lord is with you!” (Lk 1,28). God has always thought of her and wanted her, in His inscrutable plan, to be a creature full of grace, that is, full of His love. But to be filled it is necessary to make room, to empty oneself, to step aside. Just as Mary did, she who knew how to listen to the Word of God and trust totally in His will, accepting it unreservedly in her own life. So much so that the Word became flesh in her. This was possible thanks to her “yes”. To the Angel who asks her to be ready to become the mother of Jesus, Mary replies: “Behold, I am the servant of the Lord; let it be to me according to your word” (v. 38).

    Mary does not lose herself in reasoning, she does not place obstacles in the Lord’s way, but she promptly entrusts herself and leaves room for the action of the Holy Spirit. He immediately makes his whole being and his personal history available to God, so that the Word and the will of God may shape and bring them to fulfilment. Thus, perfectly corresponding to God’s plan for her, Mary becomes the “all beautiful”, the “all holy”, but without the slightest shadow of complacency. She is humble. She is a masterpiece, but remaining humble, small, poor. In her is reflected the beauty of God Who is all love, grace, gift of self.

    I also like to underline the word with which Mary defines herself in her surrender to God: she professes herself “the handmaid of the Lord”. Mary’s “yes” to God assumes from the beginning the attitude of service, of attention to the needs of others. This is testified concretely by the fact of the visit to Elizabeth, which immediately follows the Annunciation. availability to God is found in willingness to take on the needs of one’s neighbour. All this without clamour and ostentation, without seeking places of honour, without advertising, because charity and works of mercy do not need to be exhibited as a trophy. The works of mercy are done in silence, in secret, without boasting of doing them. Even in our communities, we are called to follow the example of Mary, practicing the style of discretion and concealment.

    May the feast of our Mother help us to make our whole life a “yes” to God, a “yes” made of adoration of Him and of daily gestures of love and service.

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    Source Vatican.va

  • Español

    SOLEMNIDAD DE LA INMACULADA CONCEPCIÓN
    DE LA BIENAVENTURADA VIRGEN MARÍA

    PAPA FRANCISCO
    ÁNGELUS

    Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

    Hoy celebramos la solemnidad de María Inmaculada, que se sitúa en el contexto del Adviento, un tiempo de espera: Dios cumplirá lo que nos ha prometido. Pero en la fiesta de hoy se nos anuncia algo que ya ha sucedido, en la persona y en la vida de la Virgen María. El día de hoy lo consideramos el comienzo de este cumplimiento, que es incluso antes del nacimiento de la Madre del Señor. De hecho, su inmaculada concepción nos lleva a ese preciso momento en el que la vida de María comenzó a palpitar en el seno de su madre: ya existía el amor santificante de Dios, preservándola del contagio del mal, que es herencia común de la familia humana.

    En el Evangelio de hoy resuena el saludo del Ángel a María: «Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo» (Lucas 1, 28). Dios siempre ha pensado en ella y la ha querido, para su plan inescrutable, como una criatura llena de gracia, es decir, llena de su amor. Pero para llenarse es necesario hacer espacio, vaciarse, hacerse a un lado. Como María, que supo escuchar la Palabra de Dios y confiar totalmente en su voluntad, aceptándola sin reservas en su propia vida. Tanto es así que el Verbo se hizo carne en ella. Esto fue posible gracias a su “sí”. Al ángel que le pide que se prepare para ser madre de Jesús, María le responde: «He aquí la esclava del Señor: hágase en mí según tu palabra» (v. 38).

    María no se pierde en tantos razonamientos, no pone obstáculos al camino del Señor, sino que confía y deja espacio para la acción del Espíritu Santo. Pone inmediatamente a disposición de Dios todo su ser y su historia personal, para que la Palabra y la voluntad de Dios los modelen y los lleven a cabo. Así, en perfecta sintonía con el designio de Dios sobre ella, María se convierte en la “más bella”, en la “más santa”, pero sin la más mínima sombra de complacencia. Es humilde. Ella es una obra maestra, pero sigue siendo humilde, pequeña, pobre. En ella se refleja la belleza de Dios que es todo amor, gracia, un don de sí mismo.

    Me gustaría destacar también la palabra con la que María se define a sí misma en su entrega a Dios: se profesa «esclava del Señor». El “sí” de María a Dios asume desde el principio la actitud de servicio, de atención a las necesidades de los demás. Así lo atestigua concretamente el hecho de la visita a Isabel, que siguió inmediatamente a la Anunciación. La disponibilidad a Dios se encuentra en la voluntad de asumir las necesidades del prójimo. Todo esto sin clamor y sin ostentación, sin buscar un puesto de honor, sin publicidad, porque la caridad y las obras de misericordia no necesitan ser exhibidas como un trofeo. Las obras de misericordia se hacen en silencio, en secreto, sin jactarse de hacerlas. También en nuestras comunidades estamos llamados a seguir el ejemplo de María, practicando el estilo de discreción y ocultación.

    Que la fiesta de nuestra Madre nos ayude a hacer de toda nuestra vida un “sí” a Dios, un “sí” lleno de adoración hacia Él y de gestos cotidianos de amor y de servicio.

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    Fuente: Vatican.va