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COVID-19 6.4.2020


A Reflection for Pentecost by Bishop Greg Kelly
Una Reflexión para Pentecostés por el Obispo Greg Kelly

  • English

    On May 31, as protests occurred throughout the country concerning the death of George Floyd, members of the Dallas faith community gathered for a prayer vigil outside Dallas police headquarters. Among those in attendance were Auxiliary Bishop Greg Kelly and Father Arthur Unachukwu. Bishop Kelly shared the following reflection from the evening:


     

    A week ago…

    An image appeared on TV and newspapers and social media platforms: a white Minneapolis police officer kneeling on the neck of an African-American man already in custody. The expression on the face of the officer seemed nonchalant. While a man was dying: George Floyd, repeatedly telling the officers he was unable to breathe, asking for help, calling for his mother. We all know this story now.

    A week later…

    There have been so many images of protest and anger and violence, images of people at rallies and at prayer. I attended a gathering for prayer on Sunday evening along with Father Arthur Unachukwu, a service in front of Dallas Police Headquarters, with many Anglo and African-American pastors and faith leaders calling for change, speaking of the change needed on an individual basis, in the heart of each one of us; and change needed on an institutional level: in society, in cities and churches, in all the institutions where the effects and consequences of racism are woven into the fabric of things, often hidden from view.

    The long and often forgotten history of racism in Dallas was recalled: a lynching in 1910 on Main Street near the arch welcoming people to the city; Ku Klux Klan Day at the State Fair, said to have always been a well-attended day; the single day reserved each year for African-Americans, who were excluded every other day until the 1960s. And the litany of names so familiar, ending with George Floyd — which hopefully will be the last one on that long list.

    We listened and we prayed together, sometimes on our knees, sometimes with our arms extended: Christians and Jews, others as well. We prayed as brothers and sisters, struggling to be brothers and sisters, asking for the guidance of the Holy Spirit to be brothers and sisters: to do right, to love justice, and to walk humbly with our God—and with one another, not only in that moment but more importantly in the days and weeks ahead. This familiar passage from Micah 6:8 invoked in the prayer service was also invoked in the US Bishops recent Pastoral Letter on Racism: Open Wide Our Hearts: The Enduring Call to Love .

    Catholics were not present in great numbers as far as I could tell. I felt sorrow at this, also a sense of hope, that it was time to do something new, and that the Lord would lead us into that. Sunday was the celebration of the feast of Pentecost, the coming of the Spirit on the apostles in the upper room, the whole church gathered together and sent out to the world, the same Spirit given to all for the preaching of the gospel. We all came from that, even with all the divisions and sinfulness among Christians. The effects of that Spirit were evident in the ministers who spoke: white and black, male and female, all spoke with courage and passion and hope that we could be better, as a city and a church.

    In the days between the Ascension and Pentecost, as the disciples gathered and prayed, Mary prayed with them. The bishops ended their letter with a prayer for her intercession. It is a good place to end this reflection:

    Mary, friend and mother to all, through your Son, God has found a way to unite himself to every human being, called to be one people, sisters and brothers to each other. We ask for your help in calling on your Son, seeking forgiveness for the times when we have failed to love and respect one another. We ask for your help in obtaining from your Son the grace we need to overcome the evil of racism and to build a just society. We ask for your help in following your Son, so that prejudice and animosity will no longer infect our minds or hearts but will be replaced with a love that respects the dignity of each person. Mother of the Church, the Spirit of your Son Jesus warms our hearts: pray for us.

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    Source: TexasCatholic.com

    Image Source: @chancehorner on Twitter

  • Español

    El 31 de mayo, cuando se produjeron las protestas en todo el país tras la muerte de George Floyd, miembros de la comunidad de fe de Dallas se reunieron en una vigilia de oración fuera de la jefatura de policía de Dallas. Entre los asistentes se encontraban el Obispo Auxiliar Greg Kelly y el Padre Arthur Unachukwu. El Obispo Kelly nos compartió la siguiente reflexión de esa noche:


     

    Hace una semana...

    Una imagen apareció en la televisión, en los periódicos y en las plataformas de los medios de comunicación social: un oficial de policía blanco de Minneapolis arrodillado sobre el cuello de un hombre afroamericano que ya se encontraba bajo custodia. La expresión en la cara del oficial parecía indiferente. Mientras un hombre moría: George Floyd, diciéndole repetidamente a los oficiales que no podía respirar, pidiendo ayuda, llamando a su madre. Ahora, todos conocemos esta historia.

    Una semana después...

    Ha habido numerosas imágenes de protesta, ira y violencia, imágenes de personas en manifestaciones y en oración. Asistí a una reunión para orar el domingo por la noche junto al Padre Arthur Unachukwu, un servicio frente a la Jefatura de Policía de Dallas, con muchos pastores anglosajones y afroamericanos y líderes eclesiales pidiendo un cambio, hablando del cambio individual necesario en el corazón de cada uno de nosotros; y el cambio necesario a nivel institucional: en la sociedad, en las ciudades y en las iglesias, en todas las instituciones donde los efectos y consecuencias del racismo se entretejen en el tejido de las cosas, a menudo ocultas a la vista.

    La larga y a menudo olvidada historia de racismo en Dallas fue recordada: un linchamiento en 1910 en Main Street cerca del arco dando la bienvenida a la gente a la ciudad; el Dia del Ku Klux Klan en la Feria Estatal, que se dice que siempre ha sido un día bien atendido; el único día reservado cada año para los afroamericanos, que fueron excluidos cada tercer día hasta la década de 1960. Y la letanía de nombres tan familiar que termina con George Floyd—que esperemos será el último en esa larga lista.

    Escuchamos y oramos juntos, a veces de rodillas, a veces con los brazos extendidos: cristianos, judíos, y otros. Oramos como hermanos y hermanas, luchando por ser hermanos y hermanas, pidiendo la guía del Espíritu Santo para ser hermanos y hermanas: hacer lo que es bueno, practicar la justicia y caminar humildemente con nuestro Dios—y unos con otros, no sólo en ese momento, sino más importante aún en los días y semanas venideros. Este conocido pasaje de Miqueas 6,8, invocado en el servicio de oración, también fue invocado en la reciente Carta Pastoral contra el Racismo: Abramos nuestros corazones: El incesante llamado al amo.

    Los Católicos no estaban presentes en gran número por lo que pude ver. Sentí tristeza por eso, también un sentido de esperanza, de que ya era hora de hacer algo nuevo, y de que el Señor nos guiara a eso. El domingo fue la celebración de la fiesta de Pentecostés, la venida del Espíritu sobre los Apóstoles en el cenáculo, toda la iglesia reunida y enviada al mundo, el mismo Espíritu dado a todos para la predicación del Evangelio.

    Todos venimos de eso, incluso con todas las divisiones y pecaminosidad entre los cristianos. Los efectos de ese Espíritu fueron evidentes en los ministros que hablaron: blancos y negros, hombres y mujeres, todos hablaron con valentía, pasión y esperanza de que pudiéramos ser mejores, como ciudad e iglesia.

    En los días entre la Ascensión y Pentecostés, mientras los discípulos se reunían y oraban, María oró con ellos. Los obispos terminaron su carta con una oración por su intercesión. Es un buen momento para terminar esta reflexión:

    María, amiga y madre de todos, a través de tu Hijo Dios ha encontrado un camino para unirse a todos los seres humanos, llamados a ser un solo pueblo, hermanas y hermanos entre sí. Pedimos tu ayuda al recurrir a tu Hijo, buscando el perdón por las veces en que hemos fallado en amarnos y respetarnos. Pedimos tu ayuda para obtener de tu Hijo la gracia que necesitamos para vencer el mal del racismo y construir una sociedad justa. Pedimos tu ayuda para seguir a tu Hijo, para que el prejuicio y la animosidad no infecten ya nuestras mentes o corazones, sino que sean reemplazados por el amor que respeta la dignidad de cada persona. Madre de la Iglesia, el Espíritu de tu Hijo Jesús alienta nuestros corazones: Ruega por nosotros.

     

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    Source: TexasCatholic.com
    Image Source: @chancehorner on Twitter