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coronavirus 4.6.2020


Homilía del Domingo de Ramos por el Obispo Auxiliar Greg Kelly
Palm Sunday Sermon by Auxiliary Bishop Greg Kelly

  • Español

    Transcripción

    El viernes de la Semana Pasada, nuestro Santo Padre, Papa Francisco pronunció estas palabras al mundo y a cada uno de nosotros: “Tenemos un ancla: en su Cruz hemos sido salvados. Tenemos un timón: en su Cruz hemos sido rescatados. Tenemos una esperanza: en su Cruz hemos sido sanados y abrazados para que nadie ni nada nos separe de su amor redentor”.

    Las palabras del Papa Francisco, pronunciadas desde el corazón de una plaza de San Pedro vacía, en medio de una noche romana lluviosa; fueron proclamadas para el mundo y dirigidas a todos nuestros corazones. Tenemos un ancla; tenemos un timón; tenemos una esperanza: Jesucristo, el Hijo de Dios, el mismo, ayer, hoy y siempre. Jesús, nuestro hermano, dejó la casa de su Padre en los cielos para venir a buscarnos y llevarnos de regreso a casa; bajó hasta lo más profundo del sufrimiento y la humillación humanos, hasta el abismo más profundo para llevarnos de regreso.

    Aun cuando era de condición divina, como nos dice San Pablo, no consideró su igualdad con Dios como algo a lo que debía aferrarse. Más bien, se anonadó a sí mismo, hasta la muerte, la muerte en una cruz. Fue a los abismos más profundos, para que al caer en nuestros lugares más bajos seamos sostenidos por Él, nos encontremos con Él, sintamos su abrazo—sin distancias sociales, sin distanciamiento espiritual.

    Tenemos un ancla; tenemos un timón; tenemos una esperanza.

    El único, el único que necesitamos. Jesucristo, el mismo: ayer, hoy y siempre. El mismo en medio de esta tormenta. En esta tormenta, en esta crisis, Él no se ha apartado de nuestro lado. En esta oscuridad, no nos ha abandonado. En estos tiempos de sufrimiento y reclusión, no nos ha olvidado. No nos ha dejado sin los medios para poder servirle, despojados como estamos de muchos de nuestros rituales, costumbres, devociones y liturgias tan familiares de la Semana Santa. Estamos desnudos, pero no nos ha dejado sin lo que necesitamos porque Él está con nosotros.

    El Santo Padre señaló en su homilía dos cosas que nos Él nos ha dado: la oración y el servicio en silencio. En la oración y en el servicio en silencio en nuestros hogares, en el silencio de nuestros corazones, socialmente distantes, pero espiritualmente cercanos; con oraciones elevadas al Señor, elevadas desde las profundidades. Hay tantos lugares bajos, tanto sufrimiento. Elevamos nuestras oraciones por todos los que sufren, todos nuestros hermanos y hermanas—todos estamos en la misma barca. Pero por supuesto, siempre estamos todos en la misma barca, solo que no lo sabemos. Sólo somos una familia, hermanos y hermanas, hijos e hijas del mismo Dios amoroso.

    Esta semana, en nuestros hogares, socialmente distantes, espiritualmente cercanos, se nos ha dado el don del tiempo para pensar en estas cosas, pensar en lo que le sucedió, pensar en lo que hizo, en lo que eligió libremente, y que eligió libremente por amor: El mismo dijo, nadie me quita la vida, yo la entrego libremente, y lo acepto de nuevo, y esto se hace por amor a nosotros. Pensamos en estas cosas a medida que se desarrollaron en Su vida en Jerusalén hace 2000 años. Este mismo misterio se desarrolla en nuestras vidas ahora porque somos parte del cuerpo de Cristo. Y se desarrolla en nuestra vida en estos días y en esta semana, esta Semana Santa, de formas nuevas y dramáticas.

    En estos tiempos de crisis. Él está con nosotros ahora, al entrar en ésta, la Semana más Santa, entramos con nuestras vidas tan drásticamente transformadas por algo que no podíamos haber previsto, algo que no podríamos haber planeado para nosotros mismos. Entramos con la esperanza que existe en nuestros corazones, con nuestra confianza en Él; confiando que Él está con nosotros, que su providencia aún gobierna nuestras vidas; que esta providencia no es algo impersonal o general; sino concreta e inmediata, algo personal para cada uno de nosotros. Está con cada uno de nosotros individualmente, y con todos nosotros juntos.

    Es importante que recordemos que Él nos ha elegido, nos ha elegido para vivir en estos tiempos, para servirle y servir a nuestros hermanos y hermanas de maneras concretas e inmediatas—para promulgar sus planes providentes a medida que Él nos lo hace posible, ser su presencia para los necesitados y estar a la altura de este desafío. Es importante que recordemos que nos ha elegido, y que nos ha elegido para vivir en estos tiempos, para servirle y para estar a la altura de este desafío de servirle ahora, no simplemente para lamentar lo que no tenemos, sino para servirle con los abundantes dones que nos da en este momento. Porque no sólo estamos entre los que viven bajo Su providencia, que la reciben como don. Estamos llamados no sólo a creer en Su providencia, sino que también estamos llamados en este momento a levantarnos y a promulgar esa providencia. Ser agentes e instrumentos de Su presencia, de Su poder, de Su amor, de Su justicia a los demás, de nuestros hermanos y hermanas necesitados. No nos ha dejado sin los medios para hacerlo. Y nos ha dado dones que El mismo nos ha presentado en estos días, aun cuando seamos despojados de tantas cosas.

    Y así, es tan importante Su invitación a que nos volvamos a Él, a que vayamos a Él. Él está aquí con nosotros, este hombre que se dona por los demás, por nosotros, por nosotros este hombre de dolores. Y experimentamos este dolor de nuevas maneras en nuestra propia vida, pero es compartida con la Suya. También estamos llamados a compartir Su victoria como el Señor resucitado de la vida, el amo del universo a quien incluso el viento y los mares obedecen. Ponemos nuestra fe en Él.

    Tenemos un ancla; tenemos un timón; tenemos una esperanza.

    Jesucristo ayer y hoy, el principio y el fin, el Alfa y la Omega. Todo el tiempo y todas las épocas le pertenece a Él, incluyendo esta época y esta era, la nuestra, estos días y nosotros. Le pertenecemos.

    Tenemos un ancla: por su cruz hemos sido salvados. Tenemos un timón: por su cruz hemos sido redimidos. Tenemos una esperanza, solo una esperanza, la única esperanza que necesitamos. Por su cruz hemos sido sanados y abrazados para que nada ni nadie pueda separarnos de su amor redentor. Jesucristo, el mismo, ayer, hoy y siempre.

     

     

  • English


    Transcript

    A week ago on Friday, our Holy Father, Pope Francis, spoke these words to the world and to each one of us: "We have an anchor: by his cross we have been saved. We have a rudder: by his cross we have been redeemed. We have a hope: by his cross we have been healed and embraced so that nothing and no one can separate us from his redeeming love.”

    Pope Francis spoke these words from the middle of an empty St. Peter’s Square on a rainy, Roman night; and they were spoken to the world and to heart of each one of us. We have an anchor; we have a rudder; we have a hope: Jesus Christ, the Son of God, the same, yesterday, today and forever. Jesus our brother, who left his Father’s home in the heavens to come in search of us and to bring us home; and who went to the very depths of human suffering and humiliation, to the very lowest place to find us and to bring us back.  

    Though he was in the form of God, as St. Paul says, he did not regard equality with God something to be grasped. Rather, he emptied himself all the way to death, all the way to death on a cross. He went to the very lowest place, so that in all of our lowest places we would fall into Him, encounter Him, be embraced by Him—no social distancing, no spiritual distancing. He is close to us.

    We have an anchor; we have a rudder; we have a hope.

    Only one, the only one we need. Jesus Christ, the same: yesterday, today, and forever. The same in the midst of this storm. In this storm, in this crisis, He has not left us. In this darkness He has not abandoned us. In this time of suffering and isolation, He has not forgotten us. He has not left us also without the means of serving Him, stripped as we are of so many of the familiar rituals and customs and devotions and liturgies of Holy Week. We’re stripped down bare. But He has not left us without what we need, because He is with us.

    The Holy Father pointed out in his homily two things that He has given us: prayer and quiet service. In prayer and quiet service in our homes, in the silence of our hearts, socially distant but spiritually close; with prayers lifted up to the Lord, lifted out of the depths. So many low places now, so much suffering. We lift up our prayers for all who suffer, all our brothers and sisters—we are all in the same boat. But of course, we are always all in the same boat, we just don’t know it. We are only one family, brothers and sisters, sons and daughters of the same loving God.

    In our homes this week, socially distant, spiritually close, we are given the gift of time to think about these things, to think about what happened to Him, to think about what He did, what He freely chose, and He freely chose it out of love: He Himself said no one takes my life away from me, I lay it down freely, and I take it up again, and this is done out of love for us. We think about these things as they unfolded in His life in Jerusalem 2000 years ago. But this same mystery unfolds in our life now because we are part of the body of Christ. And it unfolds in our life in these days and in this week, this Holy Week, in new and dramatic ways.

    In this time of crisis, He is with us, as we enter into this holiest of weeks, enter in with lives so drastically changed from anything we could have foreseen, anything we would plan for ourselves for sure. We enter it with the hope that exists in our hearts, that is His gift to us. We enter into this with trust in Him; trust that He is with us, that His providence rules our lives still; and that this providence is not something impersonal, not something generic, but concrete and immediate, and personal for each one of us. He is with each one of us individually, and all of us together.

    It is important for us to remember that He has chosen us, and that He has chosen us to live in these times, to serve Him and to rise to the challenge of serving Him now, not simply to mourn what we don’t have, but to serve Him with the abundant gifts that He gives us at this moment. Because we are not only among those who live under His providence, who receive this as gift. We are called not only to believe in His providence in our own regard, but we are also called in this moment to rise up and to enact that providence. To be agents and instruments of His presence, of His power, of His love, of His justice to others, to our brothers and sisters in need. He has not left us without the means to do that. And He has given us gifts that He Himself has set before us in these days even as we are stripped down of so many things.

    And so it is so important, it is His invitation to us to turn to Him, to go to him. He is here with us, this man for others, for us, this man of sorrows. And we experience this sorrow in new ways in our own life but it is shared with His. We are also called to share in His victory as the risen Lord of life, master of the universe, even the wind and the seas obey Him. We put our faith in Him.

    We have an anchor; we have a rudder; we have a hope.

    Jesus Christ yesterday and today, the beginning and the End, the Alpha and the Omega. All time belongs to him and all the ages, including this time and this age, these days, and us. We belong to Him.

    We have an anchor: by His cross we have been saved. We have a rudder: by His cross we have been redeemed. We have a hope, only one hope, the only hope we need. By His cross we have been healed and embraced so that nothing and no one can separate us from His redeeming love. Jesus Christ, the same, yesterday, today and forever.